20 noviembre 2002:

Según volvía de trabajar, me han venido a la mente muchos recuerdos de un otoño allí en el pueblo cuando tenía 10 años aproximadamente.
Serían sobre las cinco y media de la tarde, ya quedaba poco para anochecer, porque en mi pueblo al estar en una hondonada, el sol se ocultaba antes y la oscuridad llegaba pronto.

Recuerdo que fui acompañando a  mi madre a un paraje  que le llamábamos “La vega de Arriba” y en un lugar que le decíamos el “Camino Real” por ser un camino que comunicaba mi pueblo con otro pueblo vecino llamado Hiendelaencina. Allí fuimos a recolectar unos sacos de “Berzas”  para dar de comer a unas cabras que teníamos en la “casilla” (lugar donde se guardan las cabras).

Las berzas son unas  plantas que parecen repollos pero que no son comestibles por tener un sabor demasiado fuerte si las comparamos con la lechuga.

Era una tarde de finales de otoño, casi invierno ya, y en el ambiente reinaba el frío pero no ese frío como el que tenemos ahora en el siglo XXI, si no un frío que te traspasaba todas las capas de las prendas que llevaras. Yo llevaba unas botas de las más baratas y mi madre no lo recuerdo pero seguramente unas “albarcas”(una especie de sandalia fabricada  con un trozo de rueda de automóvil para el piso y unas correas de cuero con hebilla  para los tirantes). En el supuesto que llevara albarcas los pies irían cubiertos por unos calcetines de lana gordísimos de los que ella misma tejía para toda la familia.

El suelo estaba helado y cuando digo helado no me refiero a frío, si no a estar físicamente helado, duro como el hormigón pero a la vez mojado; soplaba un airecillo que te dejaba la cara tan tiesa como un cartón, igual que si fueras un maniquí de escayola, mi madre llevaba un pañuelo de color morado casi negro en la cabeza, atado en la barbilla con un nudo pero a pesar de eso, se le apreciaba una gotita transparente de agua en la punta de la nariz, “moquita”.

En el crepúsculo había unas nubes rojas, muy rojas con tonos  anaranjados, entre otras más azules con manchas grisáceas, los entendidos hubieran asegurado que vendría una época de frío. La noche amenazaba fría como la que más a últimos del mes  de noviembre y a mí me entraba una especie de “acojone” en pensar si por algún motivo tuviese que dormir fuera del hogar como los animales del campo o si me pusiera enfermo ya que nadie me podría socorrer porque en el pueblo no había coches para ir a buscar al médico; es curioso pero aún hoy, en las noches de frío, cuando vuelvo a casa, sigo pensando en los pobres animales que viven en el campo que solo tienen la protección que la naturaleza les ha dado para protegerse del frío.

También pensaba en como serían las ciudades cuando llega la noche y en la suerte que tenían las personas que viven en ellas al saber que el médico está cerca. Lo del médico lo pensaba tanto porque normalmente dos veces en cada invierno cogía unas anginas que me dejaban “turulato” y mucho más delgado de lo que normalmente era.

El sol ya estaba oculto detrás de la montaña desde hacía buen rato y empezaba a oscurecer en toda la vega, apenas quedaban restos de cualquier cultivo ya que a principios de otoño se recolecta  todo lo que en la primavera y verano se cultivó, los árboles ya completamente desnudos esperaban el frío de la noche y ofrecían un paisaje desolador, mejor era no pensar en el ambiente que allí reinaba; me imaginaba el mismo lugar pero en  la Edad Media y pensaba en lo poco que habíamos avanzado.

Cortamos berzas hasta completar un saco grande para mi madre y otro más pequeño para mí, las berzas tenían algunas gotas de agua entre sus hojas, algunas permanecían heladas y las demás no tardarían en estarlo, las manos se me quedaban como los témpanos de hielo que aparecían en los tejados por la mañana, porque los guantes no los conocíamos nada mas que en los dibujos de los tebeos, bueno, tampoco hay que ser tan trágicos porque manoplas sí teníamos porque las confeccionaba mi madre con lana recuperada de algún jersey pero no nos gustaban porque te impedían hacer cualquier cosa con ellas puestas, te convertían automáticamente en un inútil.

Una vez llenamos los sacos nos los echamos al hombro y emprendimos la marcha hacia el pueblo; atrás quedó la vega esperando la tremenda helada que sin duda acabaría con los pocos vegetales que aún quedaban con algo de vida.....