Texto del 20 noviembre 2002, revisado y ampliado en
octubre 2020.
Serían sobre las cinco y media de la tarde de un mes de
noviembre ya avanzado del año 1972 aproximadamente, ya quedaba poco para
anochecer porque en mi pueblo al estar en una hondonada, el sol se ocultaba
antes y la oscuridad llegaba pronto y rápida como es habitual en esas fechas.
Esa tarde acompañé a mi madre a un paraje que
le llamábamos “La vega de Arriba” concretamente a un lugar que le decíamos el
“Camino Real” por ser un camino que comunicaba mi pueblo con otro pueblo vecino
llamado Hiendelaencina. Allí fuimos a recolectar unos
sacos de “berzas” para dar de comer a unas cabras que teníamos en la
“casilla” (lugar donde se guardan las cabras) posiblemente estuvieran enfermas
de cojera, enfermedad que recuerdo era frecuente.
Las berzas son unas plantas que parecen repollos
pero que no son comestibles por los humanos por tener un sabor demasiado fuerte
si las comparamos con la lechuga.
Como decía era una tarde de finales de otoño, casi
invierno ya, y en el ambiente reinaba el frío serrano propio de esas tierras,
poco que ver con ese frío como el que tenemos ahora en el siglo XXI, era un
frío que te traspasaba todas las capas de las prendas que llevaras que por
supuesto no eran de tecnología térmica sino de lana en su mayoría, prendas
tejidas por tu propia madre con la lana de las ovejas que allí se criaban.
Yo llevaba unas botas cerradas de las más baratas que se
podían encontrar y mi madre no lo recuerdo pero seguramente unas “albarcas” (sandalia
de fabricación casera hecha con un trozo de rueda de automóvil para el
piso y unas correas de cuero con hebilla para los tirantes). Los pies los
llevaría cubiertos por unos calcetines de lana gordísima de los que ella misma
tejía para toda la familia.
El suelo estaba helado y cuando digo helado no me refiero
a frío, sino a estar físicamente helado, pero a la vez mojado el campo en
general estaba “más duro que un camino”. Soplaba un airecillo que te dejaba la
cara tan tiesa como un cartón, igual que si fueras un maniquí de escayola, mi
madre llevaba un pañuelo de color morado oscuro casi negro en la cabeza, atado
en la barbilla con un nudo pero a pesar de eso se le apreciaba una gotita
transparente de agua en la punta de la nariz, las mejillas en ese momento
mostraban un color azulado con tintes de color vino.
En el crepúsculo había unas nubes rojas, muy rojas con
tonos anaranjados entre otras más azules con manchas grisáceas, los
entendidos hubieran asegurado que vendría pronto una época de frío. La noche
amenazaba fría como la que más a últimos del mes de noviembre y a mí me entraba
una especie de miedo terrible al pensar si por algún motivo tuviese que dormir
fuera del hogar como los animales del campo o si me pusiera enfermo ya que
nadie me podría socorrer porque en el pueblo no había médico; es curioso pero
aún hoy, en las noches de frío, cuando vuelvo a casa, sigo pensando en los
pobres animales que viven en el campo que solo tienen la protección que la
naturaleza les ha dado para protegerse del frío o inclemencias del tiempo una
buena piel o un buen plumaje… adaptarse o morir.
A mi corta edad y por no conocer ciudad alguna más que Alcorlo también pensaba en cómo sería la vida allí cuando
llega la noche y en la suerte que tenían las personas que viven en ellas al
saber que el médico está cerca. Lo del médico lo pensaba tanto porque
normalmente dos veces en cada invierno cogía unas anginas que me dejaban
“turulato” y mucho más delgado de lo que normalmente era.
El sol ya estaba oculto detrás de la montaña desde hacía
buen rato y empezaba a oscurecer en toda la vega, apenas quedaban restos de
cualquier cultivo ya que a principios de otoño se recolecta todo lo que
en la primavera y verano se cultivó, los árboles ya completamente desnudos
esperaban el frío de la noche y ofrecían un paisaje desolador, mejor era no
pensar en el ambiente que allí reinaba; me imaginaba el mismo lugar pero
en la Edad Media y pensaba en lo poco que habíamos avanzado. ¡Qué tristes se quedan los campos en
esas fechas!…
Cortamos las berzas a ras de suelo con una pequeña navaja
hasta completar un saco grande para mi madre y otro más pequeño para mí, las
berzas tenían algunas gotas de agua entre sus hojas, algunas de ellas aún permanecían
heladas como perlas transparentes y las demás no tardarían en estarlo; las
manos se me quedaban frías como los témpanos de hielo que aparecerían en los
tejados por la mañana, porque los guantes no los conocíamos nada más que en los
dibujos de los tebeos, bueno, tampoco hay que ser tan trágicos porque manoplas
sí teníamos porque las confeccionaba mi madre con lana recuperada de algún
jersey pero no nos gustaban porque te impedían hacer cualquier cosa con ellas
puestas, te convertían automáticamente en un inútil.
Una vez llenamos los sacos nos los echamos al hombro y
emprendimos la marcha hacia el pueblo; atrás quedó la vega esperando la
tremenda helada que sin duda acabaría con los pocos vegetales que aún quedaban
con algo de vida...
1 de noviembre, día de todos los Santos.
Mi padre decía del “mes
de los Santos” que era el “mes de los
Demonios” ya que la vida en el campo se acaba, se refería a la vida
vegetal; los animales tienen poco alimento y se pasan los meses anteriores
llenando sus reservas de grasa para sobrevivir hasta la llegada de la
primavera. El mundo es perfecto pues en otoño es cuando más alimento hay porque
muchas plantas en ese momento tienen su fruto, de otra manera hubiera sido
imposible soportar el invierno y no perecer en él.
Los quehaceres en el pueblo en esas fechas no eran muy
variados por lo que empleaban el tiempo en reparar los aperos de labranza, revisar
los tejados y hacer alguna reparación en la vivienda etc
pero la principal actividad era recoger y guardar leña ya que el invierno era
por lo general demasiado largo y las noches parecían eternas.
Las familias solían reunirse después de cenar en alguna
casa familiar, a la luz de una vela y años después de una lámpara de 15 watios, Alcorlo en este aspecto
fue de los primeros ya que allí había una central productora de electricidad. Se
reunían para entretenerse conversando o con algún juego de mesa como “la brisca”, era también una manera de
ahorrar leña, leña que por cierto era escasa en el término municipal ya que no
es precisamente un paraje con árboles sino más bien todo lo contrario reinando
las jaras y matorrales bajos, llegando a veces a “robar” leña de los pueblos anexos.
En el “día de los santos” la tristeza llegaba también
impuesta por la religión ya que no se permitía bailes ni fiestas, era un tiempo
de luto sobre todo hasta bien entrados los años 60. Tenía Alcorlo
en los años sesenta una “sala de fiestas”
ubicada en los sótanos de la vivienda de un vecino donde había un organillo y
luego un piano de aquellos de manivela; también algunos vecinos del pueblo de
Zarzuela solían bajar a pasar la tarde y hacían teatro y música con sus
guitarras y bandurrias. Mencionar de paso que al acabar la fiesta dichos
paisanos volvían a Zarzuela con la oscuridad de la noche y caminando,
independientemente si hacía buen tiempo o estuviera lloviendo o nevando tan
habitual en otoño e invierno.
En los últimos años de la existencia de Alcorlo como pueblo los chavales hacíamos con una calabaza
lo que ahora es tan típico, limpiarla por dentro y simular una “calavera”, en
el interior poníamos una pequeña vela y ciertamente llamaba la atención entre
la oscuridad de la noche…
Solíamos instalarlas en lugares bien visibles como el
cerro del Castillo o cruces de calles para “lucir”
nuestro trabajo; las personas mayores de Alcorlo con
las que he comentado esto de la calabaza no lo recuerdan por lo que puede ser
que la llegada de la televisión fuera el origen, o sea, inicio de los 70.
Algunos “mozos” la noche anterior al 1 de noviembre
prendían pequeños fuegos con las aliagas en la zona de “Valdearenales”
(montaña alta en las proximidades de la presa actual) creando un espectáculo de
luz bien visible desde el pueblo, digo “espectáculo”
porque no era habitual ver algo luminoso en un cerro en plena noche…