LAS CENIZAS DE LA ESPERANZA. 1 de Octubre del 2026.
Clik en este enlace para ver la colección de fotos de la exposición. https://photos.app.goo.gl/QP7T46VVtM4AJP6s9
Me atrevería a decir que todo comenzó antes del incendio, cuando de la Asociación “Serranía de Guadalajara” me propusieron utilizar una veintena de mis fotografías para publicitar los lugares emblemáticos que tenemos en la Sierra Norte de Guadalajara ya que, al parecer, tengo una buena colección de fotografías de momentos y lugares de esa comarca. Las fotografías serían preferentemente de cierta calidad porque se imprimirían en gran formato.
Ese conjunto de fotografías estarían expuestas principalmente en actividades relacionadas con esa Asociación.
No tardé muchos días en hacerles llegar una extensa colección de fotografías, (según me habían demandado) pero como tengo algunas preferencias por algunos lugares y carencias en otros (por no ser lugares tan fotogénicos), alguien se dio cuenta de que no era justo poner más fotografías de unos parajes que de otros por lo que en la Asociación optaron por conseguir una colección de fotografías a través de realizar un concurso sobre los “Bellos parajes Serranos” y entre todas ellas elegir la veintena de fotografías necesarias.
Se pasaron los días, luego las semanas y casi también los meses y el concurso previsto no veía la luz (y eso que les preparé las bases y cuanto estaba en mi mano) y estando en esas llegó EL INCENDIO.
Junto con el incendio desapareció de alguna manera la idea de la exposición fotográfica, ¿qué sentido tenía ahora mostrar aquellos bellos parajes ahora convertidos en tizones y ceniza?
Cuando la tormenta pasó y las aguas se calmaron y como el tiempo no perdona, en la Asociación vieron que su próximo evento (aquel en el que se mostraría la colección de fotografías emblemáticas de los parajes Serranos) se aproximaba en el tiempo y pensaron de nuevo en las FOTOGRAFÍAS, pero no de bellos parajes sino de la realidad con la que gran parte de la Sierra Norte se encontraba. Miles de plantas de pinos, carrascas y de otras especies totalmente calcinados, varias decenas de hectáreas abrasadas por las llamas, etc etc.
Y en ese momento, (al parecer) pensaron de nuevo en mi persona y se preguntaron ¿quién mejor que el Agustín para retratar este drama que el incendio nos ha dejado en nuestros campos?
Y así fue como pocos días después comencé a visitar y recorrer aquellos caminos y carreteras por donde las llamas habían campado a sus anchas.
19 de Julio, domingo. 3 días después del origen.
Algunas notas de mi diario: “Las noticias del incendio ya se iban propagando por todos los medios y personalmente me negaba a admitir que un incendio que al parecer “se había originado en un lugar desprovisto de pinos ni grandes masas de arboleda” no se hubiera podido controlar y erradicar en las primeras horas, me comenzaba a sonar a algo subrealista, algo que “no puede pasar”.
En esos primeros días no me encontraba yo en la provincia de Guadalajara, pero viendo que aquello, lejos de apagarse continuaba, no pude por menos que acercarme a conocer el alcance del desastre en cuanto me fue posible. Era un incendio que en pocos días adquirió dimensiones subrealistas.
DOMINGO DE FÚTBOL. A las 21:00 comenzaría la final del campeonato mundial de fútbol entre España y Argentina, por lo que teníamos en la familia un motivo para juntarnos en torno a la tv, yo personalmente con más ganas de irme a ver el fuego que a ver qué equipo se llevaba la copa del mundo.
Después de meditar durante toda la mañana de ese domingo si ver el partido o ir a Alcorlo a hacer alguna foto del incendio, a las 12:56 de ese domingo envié un watshap al grupo de “casa” que decía: “Hoy dormiré en Alcorlo, si veo el partido me iré después”. Mensaje de watshap que nadie se atrevió a contestar porque sabían de antemano que, independientemente de sus pareceres, así lo haría.
Tres días después de que comenzara, (aquella noche que se jugaba el mundial de España y Argentina), me marché a dormir pero no lo pude conseguir, al poco de caer en la cama, sobre las dos y media de la madrugada, me desperté, tenía un come come en mis entrañas que no me dejaría dormir más en toda la noche, ya había matado el sueño con una hora y el resto de la noche lo pasaría entre pesadillas, pensando en mi Alcorlo.
Sobre las dos y media de la madrugada, ya salía yo con mis mejores cámaras y objetivos dispuesto a fotografiar todo lo que pudiera, en aquella noche sin luna, porque ese día la luna, quiso irse con el sol.
Más que otra cosa quería saber qué le había pasado a Alcorlo, porque en los días anteriores no quise ni tener noticia de la envergadura de la tragedia, no quería, no me atrevía ni a preguntar. Del desastre solo conocía algunas noticias que iban llegando a cuentagotas.
Nada más salir de Guadalajara (dos y media de la madrugada) ya veía a lo lejos el resplandor rojo en el cielo a la altura de Bustares.
Sobre las tres y media de la madrugada llegaba al alto de Veguillas y antes de llegar a la altura de la recula de la presa (solo me quedaban dos km para llegar al destino) tuve que darme la vuelta y buscar otros senderos, la carretera estaba cortada por un retén de incendios y la Guardia Civil.
Crucé San Andrés como un fugitivo, sin hacer ruido, pensando que estaba todo el mundo durmiendo, luego me enteraría que estaban desalojados. Crucé el Bornova por el puente romano y por un camino conseguí llegar a La Toba.
La noche estaba más negra que la boca de un grillo, ya dije antes que no había luna. A diez metros de distancia mi furgoneta blanca no la veía. Allí mismo tomé la primera fotografía nocturna al pueblo de San Andrés, en la que se ve un ambiente de humo blanco y rojo, blanco de las luces del retén de incendios que había visto un rato antes y rojo de las llamas.
Como me temía que la carretera estaría cortada por la Guardia Civil en el cruce de Congostrina, no me la jugué y desde La Toba me metí por un camino que lleva a la Santecilla, que es la vega de Alcorlo, próxima a Congostrina.
Allí tomé unas fotografías en dirección a Bustares o Gascueña. Por encima del humo se veía un resplandor y llamas enormes, tomé tan solo un par de fotos porque las llamas en unos minutos se vinieron abajo, al estar el fuego tan lejos de Alcorlo me alegré y pensé ¡el fuego no ha llegado a Alcorlo!,
El resto de la noche la continué en Santecilla. Desde allí, ni yo ni las cámaras éramos capaces de ver prácticamente nada, ya es difícil pues aunque no haya ni luna, mi equipo de fotografía es capaz de sacar cosas increíbles.
A la altura de las dehesas de Alcorlo se veía de vez en cuando un resplandor de fuego cercano al agua, y pronto me tuve que preguntar cómo habían llegado aquellas llamas allí, cuando las llamas que había visto minutos antes estaban a quince kilómetros de distancia.
Abajo a la izquierda, entre el humo, se aprecia la cruz iluminada de la Ermita de Alcorlo.

Llegó el día y con él la luz, pero lejos de mejorar se empeoró la visión, había tal capa de humo que parecía más bien un día de Enero con niebla intensa. Al rato me comenzaron a picar los ojos y la garganta y me tuve que marchar sin poder llegar a ver ni a un triste hidroavión cargando agua y eso que ya hacía dos horas que había amanecido.
Me marché de allí huyendo como un fugitivo por el mismo camino que traje, por si acaso alguna autoridad me pedía explicaciones de qué coño hacía mi culo en aquel lugar.
Después de pasar la Toba y con la tranquilidad de que al menos Alcorlo se había salvado de la quema, me quedé ensimismado observando como una tremenda columna de humo blanco salía por la parte trasera del Alto Rey, los Condemios, y pensé: “Pronto se acabará esto, a partir de allí ya no hay material que quemar”, allí solo hay cardos y hierbas.
El mundo se me cayó a los pies cuando ese mismo día por la tarde, Javier Cantero, me envió unas fotos y un vídeo en las que se veían casi todas las dehesas de Alcorlo, Zarzuela y Villares echando humo a la vez, me evocaba una imagen apocalíptica en las que los alienígenas nos invadían. ¡Todas las dehesas, desde la altura de la Ermita hasta Villares, TODO estaba echando humo… ¡Ay, mis dehesas!, el lugar donde cada año voy a disfrutar de aquel entorno y hago unos vídeos de aquellos parajes para darlos a conocer.
Aquellas dehesas es uno de los lugares más pintorescos que conozco de esta comarca, fresnos centenarios, pinos, barrancos, construcciones de piedra, las hoces del Rihondo, ¡todo está allí!
Así es como viví ese primer acercamiento al incendio. https://alcorlopantano.com/2026/07/23/viaje-a-alcorlo-durante-el-incendio-que-asolo-la-sierra-norte-de-guadalajara/
25 de Julio, sábado, más o menos cuando el incendio estaba ya casi extinguido (nueve días después del inicio).
Esa noche dormí en Alcorlo. Al día siguiente, sin apenas abandonar las carreteras principales hice mi primer acercamiento a las cenizas.
No quise acercarme demasiado porque por un lado alguien podría preguntarme qué hacía yo allí todavía con las brasas calientes, si era un investigador cosquilloso buscando pruebas o algo, por otro lado el ambiente me causaba tal respeto que procuré en todo lo posible no pisar ni las cenizas, no porque se mancharan de hollín mis alpargatas sino por respeto a aquella tierra que se había visto tan perjudicada.
En la carretera hacia Robledo, a la altura de la chimenea tomé alguna fotografía interesante, al menos desde el punto de vista artístico. En una de ellas (la única de la colección) aparece un ser humano, unos chavales caminaban por la carretera en ese momento).
En esa fecha aún no me habían propuesto la exposición.
8 de Agosto. Sábado. Sin llegar a pisar Alcorlo (algo impensable en mí) y sin perder tiempo, me dirigí directamente a las cenizas, tomando la carretera en dirección a Semillas, uno de los lugares que al parecer más había padecido el incendio.
Mucho antes de llegar al cruce de la carretera que lleva a Semillas los ojos se me fueron para la izquierda porque vi un valle negro como la noche y en cuanto tuve ocasión aparqué en un camino.
La suerte quiso que en ese día, en ese mismo lugar consiguiera media docena de fotos muy impactantes, el aspecto no dejaba indiferente a nadie. Una docena de colmenas abrasadas, toda la montaña que tenía enfrente estaba arrasada, tan solo destacaban del color negro unos grupos de pinos a los que las llamas les habían cambiado el color, de verde pasaron a trigo a punto de ser recolectado.
Entre tanto Apocalipsis que estaba viendo aún me quedó un resuello de arte y tomé esta foto en la que las señales de tráfico parecen indicarle al fuego, (que en algún momento fue el Capitán General de aquel lugar) que parase sus tropas, tropas que al parecer estaban desbocadas.
De ahí me encaminé hacia Bustares, paré en lo que fue Las Cabezadas, en todo el trayecto pude observar cómo el fuego se ensañó bien en el pinar en el que hace pocos años se extraía la resina de los pinos.
El día era a veces soleado y tomé esta fotografía en Las Cabezadas en la que se puede apreciar la ceniza, casi de un palmo de altura, tanto que a veces se me cubría completamente las botas, el olor a tierra quemada, humo y ceniza era tan intenso que pareciera que solo habían pasado horas desde que las llamas dejaran su huella, tan fue así que para asegurarme tanteé las cenizas en busca de calor, sin éxito ¡claro!
Llegando a La Nava paré de nuevo para tomar esta fotografía y otras semejantes en las que el denominador común era esqueletos de plantas, las carrascas tostadas y la tierra negra. Tan solo se habían salvado los árboles que beben del rio o arroyo Cristóbal.
13 de Agosto, jueves. El día anterior a este fue el día del eclipse y como no podía ser de otra forma dormí en Alcorlo y en cuanto recompuse el campamento tomé rumbo de nuevo hacia la zona del desastre.
La idea era visitar el lugar donde se originó el incendio. Pasé por Muriel pero comparado con la devastación que había visto anteriormente por Bustares me pareció que había sido bastante más flojo, menos catastrófico.
Ya dejando atrás el pueblo de Muriel tomé alguna que otra foto de las presentadas en la colección.
De ahí visité Sacedoncillo y alguna que otra foto interesante también cayó en la talega. Al medio día ya estaba en casa.
5 de Septiembre, sábado. Después de la romería del Alto Rey me dispuse a continuar con el proyecto de las cenizas. El día no estaba precisamente para hacer fotografías porque apenas si vimos el sol en toda la jornada.
Ya por el camino hacia el Alto Rey, antes de llegar a Bustares tomé algunas fotografías interesantes.
Después de la Romería volví a coronar la montaña y por el camino tomé alguna que otra fotografía, sin mucho color porque el día estaba triste, igual que el paisaje, y algún que otro detalle a la montaña del Alto Rey con sus jaras y matorrales convertidos en cenizas.
De Bustares pasé por La Nava hasta llegar a Las Cabezadas. Allí tomé la primera fotografía con signos de que la naturaleza trata de resurgir de su peor adversidad.
Dormí en Alcorlo esa noche, una pesadilla que parecía eterna me persiguió durante toda la noche. Todo mi sueño era en blanco y negro entre nieblas grises y espesas. Cuando acabé la jornada fotográfica de ese día me dolía la cabeza, algo muy inusual en mí, pues hace más de treinta años que no recuerde un dolor de cabeza como ese, todo el tiempo que me pasé buscando entre las cenizas algo interesante que fotografiar parece ser que se incrustó en mi memoria y necesitaba un tiempo para borrarse.
Según iba consiguiendo fotografías del incendio al grupo de la Asociación se las iba enviando para que fueran eligiendo hasta llegar a las cuarenta que se había decidido. En ese momento ya había enviado más de setenta.
Alguien del grupo me comentó: “En la exposición de fotos echo de menos alguna de algún pueblo, pero con toques verdes de esperanza”. Y cierto era, me centré en detalles de la devastación y olvidé la existencia de los pueblos y el ser humano, tremendo error.
19 Septiembre, sábado. El milagro de la florecilla.
Aprovechando una nueva visita a la Sierra esta vez traté de conseguir alguna fotografía como me comentaron, me centré principalmente en dos cosas: En los pueblos y en “la esperanza”. La idea la tenía clara pero no tan claro donde ni cómo las conseguiría, aun habiendo visitado ya gran parte del terreno abrasado, porque durante todo ese tiempo, con la ausencia total de lluvias a lo que el clima nos tiene ya acostumbrados, resurgir de entre las cenizas no vi ¡NADA!
Ese día llegué a Semillas antes del mediodía, buscando la susodicha fotografía de pueblo e incendio juntos. Después de la experiencia de la última vez y la pesadilla sería aquel la última vez que fotografiara tanta negrura.
Antes de llegar a Semillas paré de nuevo en el mismo lugar que en la primera visita tomara unas buenas fotografías, el día estaba soleado entre nubes y había buen color en el ambiente.
La idea era mejorar en lo posible alguna de aquellas primeras fotografías. El terreno allí está un tanto empinado y con piedras sueltas del tamaño de las nueces, piedrecillas que están esperándote para darte un susto y un trompazo.
Y así fue, en un microsegundo pasé de estar vertical, con los pies en el suelo, a estar tumbado en mitad de la cuesta. Las gafas acabaron llenas de tierra contra un grupo de piedras, el antebrazo izquierdo aguantó el peso de la caída sufriendo tremendo raspón (del que manaba algo de sangre), en la mano derecha llevaba la cámara que acabó impactando (sin soltarla de la mano) contra otro grupo de piedras.
Igual que le sucedió a San Pablo (que una luz a modo de relámpago le tiró al suelo y le hizo ver la fe) así me sentí yo en ese momento. Algo o alguien me invitaba a salir de allí pitando cuanto antes, y así lo hice, sin volver la vista atrás.
Miré los cristales de las gafas por si tenían un picotazo, miré la cámara y objetivo si aún seguían funcionando, al parecer todo quedó en un susto, un aviso, de vuelta a la furgoneta me limpié varias veces la sangre y me espanté las moscas, que parece que la huelen… y seguí para adelante.
Al poco tiempo llegaba a Semillas, nada interesante que mostrar por el camino. Tomé las cámaras y subí hasta la cantera pero por más que veía en la lejanía y analizaba los pueblos de aquel entorno no me venía a la memoria ni una fotografía que representara el drama de un incendio que amenaza un pueblo. Solamente creía tener en mente una posible escena de pueblo e incendio, era Aldeanueva, desde un punto en la carretera que lleva a la cima del Alto Rey.
Como además el sol lo tenía de frente no me molesté en fotografiar nada en esa dirección del pueblo, tan solo hice algunas fotos a la cantera y de nuevo iniciamos ruta hacia el Arroyo de Fraguas y el Ordial, pasamos por Aldeanueva y acabamos en la explanada que sube al Alto Rey.
Allí comimos el Sugus y yo y creo que llegué a dormirme cinco minutos sentado en el asiento del conductor, (últimamente me entra una castaña después de comer que no puedo con mi cuerpo si no reposo diez minutos), porque el Sugus estaba aterrado por las moscas y no paraba quieto en la furgoneta, lo arropé con una tela fina a modo de visillo que llevo para que las moscas no nos toquen los cojones cuando nos echamos a dormir, como la otra noche en la Ermita, había un moscardón cojonero que no nos dejó pegar ojo en toda la noche, sobre todo con este chucho tan miedica.
El día estaba más bien de verano que de principios de otoño, el sol pegaba fuerte si te daba de lleno. A lo lejos, de vez en cuando se veía un remolino de ceniza que más bien parecía el origen de otro incendio sobre el propio incendio.
Tenía duda de si ir o no ir a la cara trasera del Alto Rey para ver con mis propios ojos hasta donde había llegado el incendio. Finalmente fui. Al llegar al cruce giré hacia la derecha, Condemios de Abajo, luego de conducir dos o tres km me di la vuelta y volví al Alto Rey, por allí no había mucho tema fotográfico. Tan solo vi una pareja de jóvenes con chavalin en el merendero cerca del arroyo. Carreteras de poco tráfico.
EL MILAGRO DE LA FLOR Y LA ABEJA
Tengo un relato que se titula: “El milagro de la florecilla” porque no puedo catalogarlo de otra cosa que no sea “milagro”, en el que relato con detalle cómo conseguí esa ÚLTIMA fotografía, esa fotografía que acabará en el recorrido de la exposición.
Ya sobre las cuatro de la tarde subimos con la furgoneta en busca de unas florecillas que sé que nacen en esta fecha ahí, vi algunas el día de la romería, en Alcorlo también salen cerca de las rocas areniscas, concretamente cerca del árbol que tiene engullida la chapa de la pesca. Curiosamente en ningún otro lugar de la sierra he visto esa flor que, debe durar un par de meses, hasta que llegan las escarchas.
Paramos a media cuesta o poco más, justo en un punto donde la furgoneta queda fuera de la vía en una curva hacia la derecha y el hueco queda al lado izquierdo, justo a la cara de Aldeanueva. Fue como un puto milagro el que hubiera allí un punto para dejar la furgoneta fuera de la vía, casi es el único en varios cientos de metros.
La idea principal en ese momento era hacer una foto a Aldeanueva, el sol estaba en lo más alto, hice unas fotos que podían valer para reflejar a la vez el incendio y los pueblos, tomé varias fotos con el tele y ya estaba yo conforme con el resultado obtenido, pero mira por donde ahí llegó lo bueno.
Como por MILAGRO (repito una vez más) al ladito justo de donde tomé esa fotografía a Aldeanueva me veo una florecilla bastante grande (luego descubriría que como esa de tamaño y aspecto NO VI NINGUNA OTRA MÁS EN TODO EL RATO QUE ESTUVE POR ALLÍ) así que rápidamente me puse a fotografiarla.
En ese momento llevaba la Canon 6D con el Tamron 70/200 y también la Nikon 810 con el Nikon blanco (cuatro kg de peso en total) así que sin acercarme mucho comencé a disparar, primero con la Canon, todo con mucho cuidado de que el Sugus, (que como siempre andaba merodeando sobre mis piernas para que le tiré piedras para ir a cazarlas) y me temía que me rompiera con las patas aquella flor, LA ÚNICA GRANDE Y HERMOSA QUE VÍ EN TODO EL DÍA entre las cenizas, mejor dicho: Ni entre las cenizas ni en ningún otro lugar que visité.
Estando fotografiando con la Nikon a través del visor óptico, de repente veo que había una abeja dentro de la flor así que aseguré el foco en ella, al momento veo que había otros insectos revoloteando sobre la flor y disparé varias veces más, total que tengo tres fotos con las abejas en el aire. También hay una hormiga sobre un pétalo.
Precisamente, y ahí viene el milagro, ese día salí de casa en busca de algo semejante a ello, necesitaba una hierba o algo que hubiera brotado de las cenizas, por ello la colección se titula “Las cenizas de la esperanza”, aunque me hubiera gustado más llamarla “Cenizas de Esperanza”, pero el cartel ya estaba resuelto y así, como si de OTRO MILAGRO MÁS se tratara conseguí esa foto.
Conseguir técnicamente que la abeja y la flor estén enfocadas solo se debe a “la suerte del principiante” porque es prácticamente resulta imposible acertar con la micronésima de segundo que el animal está a la misma altura que la flor, solamente el refresco de la pantalla tarda más tiempo que el que una abeja recorra diez centímetros de distancia.
No puedo dejar de escribir la palabra MILAGRO, MILAGRO, MILAGRO, porque no encuentro otro motivo más para haber encontrado esa florecilla que, repito, era lo que andaba buscando ese día desde el momento que salí de casa.
Esa fotografía será la última en ser vista de la colección, es como el resurgir de la vida entre las cenizas.
Después de esa jornada envié al grupo de la Asociación mis últimas fotos y me volvieron a recordar lo mismo: “Muy bonitas, pero sigo echando de menos algún pueblo”, (todos los comentarios son siempre bienvenidos), a lo que contesté: “De los pueblos que he visto no les ha llegado más que el humo… y eso … poco dirá a la gente”.
Y no hay nada más cierto, el incendio fue tremendo, pero de las casas de los pueblos solo se quemaron las cuatro hierbas cercanas, salvo en algún caso en concreto que se quemó alguna nave entera.
No fui capaz de retratar los restos de un incendio con amenaza en pueblos como: Semillas, Muriel, Zarzuela, Arroyo de Fraguas, El Ordial, Aldeanueva, Condemios, Hiendelaencina (a Robledo no llegué).

