La pasión por su tierra.

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Algunas notas de mi diario: Sábado 16 de enero de 2021. Rev abril 2026. La pasion por su tierra PDF

La nevada que han definido muchos medios de comunicación como “histórica” ya lleva ocho días cubriendo los campos, comenzó el viernes al medio día haciéndolo de una manera muy suave pero persistente, por más que lo he deseado no me ha sido posible acudir antes a la tierra que me vio nacer para contemplar semejante espectáculo.

Al menos llevaba yo sin ver aquellos montes cubiertos de nieve unos cuarenta y seis años, por lo tanto sería un espectáculo que no me quería perder, pero que a la vez no encontraba medio de poder hacerlo. Enlace al vídeo recopilación de fotografías de ese día.

Cuando los medios informativos comenzaron a anunciar que se acercaba una borrasca que cubriría los campos de nieve con tanta intensidad, me asaltó la idea de ir allí a esperar la tormenta, dormiría en cualquier lugar, incluida la propia furgoneta (está adaptada para tal fin).

Me imaginaba yo allí, enfrente de la Ermita a media ladera del cerro que lleva al carrascal, contemplando como los copos se descolgarían suavemente cambiando lentamente el aspecto de valles y montañas.

De haber sucedido esa gran nevada (que bautizaron como “FILOMENA”) unos años antes, dudo que no hubiera sido eso lo que hubiera hecho, haber llegado allí antes que la tormenta, pues sabía de sobra que una vez la nieve cayera se pasarían varios días hasta que consiguiera llegar por culpa del estado de las carreteras.

Por otro lado _y siendo un poco realista_ y a la vez teniendo en cuenta como es una tormenta de nieve (fotográficamente hablando) da poco de sí, pues cuando nieva se crea una cortina que si la tormenta es fuerte no deja ver apenas nada de paisaje y si es débil apenas se apreciaría en las fotografías… quizás fuera ese el motivo principal por lo que me quedé en casa resignado mientras la nieve iría cayendo sobre aquellos campos.

Durante los días posteriores a la nevada desde mi ciudad miraba la montaña del Alto Rey, distante setenta km, y la veía con muy poca nieve, Alcorlo no era posible que tuviera más capa porque aunque se encuentra muy cerca está a menos altitud.

Pasaban los días y no encontraba la manera de acercarme hasta el lugar, cuando no era “por un pito era por una flauta”, hasta que el viernes por la noche decidí acercarme al día siguiente SÍ o Sí, quedara algo de nieve aún en los montes o no quedase nada, al menos pasaría un día de campo disfrutando a mis anchas di mi tierra, lugar de mis raíces, y con mis cámaras en la mano trataría de reflejar lo poco o mucho que aquello me ofreciera.

A las 9:00 del sábado ya andábamos por la calle el Sugus (el perro mascota de mi hija) y yo dando el paseo rutinario; una larga caminata por un camino agrícola, la nieve endurecida la por las temperaturas bajo cero de la noche a duras penas se partía por el peso de mis pisadas. Siri me informó de que la temperatura actual en la calle a esa hora era de -4’5 grados, sin embargo no sentía frío alguno, la mañana estaba tranquila sin la menor brisa, con un cielo perfectamente azulado y limpio, como decía mi padre: “más limpio que la patena”; una pena pensé, a mí me gusta que en mis fotografías luzcan nubes en el cielo, de lo contrario me parece demasiado “soso”.

A la furgoneta Volkswagen le metí tres equipos fotográficos con diferentes objetivos para cubrir las diferentes necesidades con las que me pudiera encontrar desde el día hasta la noche, aunque la hora de regreso máxima sería las 20:30 pues a esa hora estaba previsto que recogería a mi hija en la estación de Renfe en la ciudad. También incluí una grabadora de voz por si se terciaba grabar el sonido de los pájaros Carboneros tan característicos del lugar, aunque en invierno no suelan cantar mucho, pero teniendo el día tan estupendo que hacía no me hubiera extrañado.

A las 10:10 ya ponía en marcha el motor, lo primero fue pasarme por casa de un colega de Guadalajara a llevarle una máquina radial, pues la suya se había estropeado unos días antes y la necesitaba, él no tenía medio de ir a por ella a mi casa, menciono esto porque a pesar de que mi idea era estar allí a la hora de salir el sol o poco después no fue así, las cosas salen como salen, no como a uno le gustaría que salieran, pues al perro no se le puede sacar a las 06.30 de la mañana en invierno, entre otras cosas porque no está acostumbrado a hacer sus necesidades a esas horas.

Me gusta ir al campo con suficiente combustible en el depósito del auto, sobre todo en invierno, donde quizás un contratiempo te obligue a estar mucho por el monte más tiempo de lo previsto, así que aunque tenía para un par de viajes a la sierra pasé por la gasolinera a repostar.

Al volver al auto me fijé que en el suelo debajo del motor había una mancha reciente de un líquido transparente, mojé mis dedos en él y comprobé que era gasoil y pensé: “solo faltaba que a pesar de mis frecuentes revisiones al motor de la furgo sufra este una avería en cualquier momento en el monte”, pero como no daba síntoma de malfuncionamiento continué como si no hubiera visto nada, algo imposible porque en el inconsciente no se borra ese tipo de datos fácilmente.

Hasta llegar a Alcorlo me pareció uno de los viajes más largos que he realizado a ese lugar, normalmente tardo cuarenta y cinco minutos pero ese día el reloj parecía ir a un ritmo casi moribundo, tenía tantas ansias de llegar para ver  lo que me encontraba que no veía el momento de conseguirlo, llevaba una incertidumbre en mi cabeza sobre si había o no nieve o cuanta nieve había que estaba ansiosísimo por llegar.

La carretera estaba estupenda, despejada de nieve en el piso, aunque me temía que ya llegando al pantano, en la “curva grande de Cabeza Redonda”, quizás hubiera problema de congelación o de escarcha en la vía porque aún no se me ha olvidado allá por el 1984 una mañana que fui de caza con mi padre con el Renault 6, llegando a la Curva Grande El R6  tomo su propio control ignorando mis giros de volante para conseguir mantenerlo en el asfalto, finalmente nos puso casi en la cuneta; creo que era el primer automóvil que pasó por aquella carretera esa madrugada.

Antes de llegar a la Ermita y observando los montes que me iba encontrando ya me temía lo peor, que no era otra cosa que la mayor parte de la nieve ya se había transformado en agua, empapando la tierra, pero nada podía hacer más que resignarme. Los últimos 5km tuve un auto todo el rato detrás, pegado al maletero, así que una vez pasé la presa aminoré la marcha para que me adelantara para no tener que hacerle retenerse en la entrada a la Ermita, pero de nada sirvió porque mi sorpresa fue mayúscula cuando al llegar al punto de desvío no encontré exactamente donde estaba el camino y donde no, solo unas tímidas rodadas se notaban en los primeros metros del camino, alguien un tiempo antes llegó allí y no pasó más que un par de metros.

Al ver que no era fácil entrar desde esa dirección continué para dar la vuelta aprovechando la entrada de algún camino agrícola y entrar con el camino a la Ermita de frente, pero cuál fue mi sorpresa que en NINGUNO de los caminos agrícolas podía entrar, las entradas estaba invisibles por la cantidad de nieve, al momento caí en la cuenta, la nieve acumulada al borde de la carretera era la que había en la calzada un tiempo antes y la máquina quitanieves la había depositado desde la carretera hacia el interior, por lo que tuve que circular hasta el desvío del próximo pueblo (La Toba) para hacer un cambio de sentido.

De regreso hacia la Ermita el aspecto de los campos dejaba que desear y me dio un “ploff”, se veían grandes manchas blancas de nieve que aunque casi uniforme no tenía gran espesor en esos momentos, quizás no superase los 15 cm, en laderas con jaras o espinos la nieve ya se había deshecho, me tiraba de los pelos al pensar lo diferente que hubiera sido el aspecto de aquel campo tan solo tres días antes, pero las cosas vienen como vienen… y cuando vienen.

Al llegar a la entrada a la Ermita entré en el camino solo unos metros, no quería cambiar el aspecto marcándolo con las rodadas o mis pisadas, aunque después de las primeras fotografías tenía claro que la furgoneta me aguardaría todo el día en la explanada.

Tomé unas fotos del lugar con el móvil, entre otras cosas para enviarlas a la familia para que supieran que había llegado sin novedad y que vieran el aspecto del lugar. A continuación seguí con la furgoneta para llegar a la explanada pero la pequeña pendiente y las ruedas (con la goma endurecida por el tiempo que llevaban fabricadas) hicieron que no pudiera conseguirlo, así que la volví marcha atrás al punto de antes, tan solo dejándola caer, eso sí, ya destrozando el paisaje con las rodadas inevitables.


Me resultó difícil de creer que con ocho días que llevaba allí ya la nieve nadie hubiera puesto sus pies allí, ya que es un lugar muy concurrido por senderistas y paseantes, pareciera que el destino me tenía reservado a mí ese privilegio de ser el primero. Al parecer tan solo una persona había estado por el lugar pues sus pisadas le delataron, eso y las de un perro, también las de los corzos que habitan aquellos montes.

Pisando sobre las mismas pisadas que ya había en la nieve comencé a tomar algunas fotografías por si llegaba alguien y fastidiaba con sus pisadas el aspecto del suelo impoluto en gran parte del entorno,  una vez hecho esto saqué la escalera y las banderas del interior de la Ermita y las coloqué en ambos soportes, las banderas puestas es la señal visible desde la carretera de que la Ermita se encuentra abierta.

Inmediatamente después encendí dos velas grandes como recuerdo y en promesa a Juliana, persona que se encargó hasta su fallecimiento (junto con su marido Antonio) del mantenimiento y vigilancia de la Ermita, me lo pidió en su día y le prometí que siempre que fuera allí encendería dos velas por ella.

Ya casi eran las 12:00 y el sol estaba en el punto más alto, aunque realmente “alto” en estas fechas nunca está, cuando pasé al cementerio.

A duras penas pude abrir la puerta, un par de palmos de nieve se habían acumulado en su interior y el agua se deslizaba por debajo de la puerta hasta el interior del porche. Lo primero que me llamó la atención fueron las únicas pisadas que había a la vista en todo el recinto del cementerio, las pisadas provenían desde la pared esquina de la izquierda y acababan detrás de los depósitos del agua, parecían de un animal pequeño que hubiera trepado desde el exterior y luego caminó dando saltos, pues el nivel de nieve acumulada era más alto que él y se veía claramente que anduvo saltando hasta llegar al refugio, posiblemente se tratara de un zorro.

Mi intención allí era clara, no quería romper la magia que tenía aquel lugar en ese momento con las huellas de mis pisadas, porque el lugar me suscita un gran respeto, allí se encuentran (entre otros) los restos de mis antepasados, así que tomé varias fotos desde las esquinas.

En un momento dado vi la sombra de la cruz del campanario sobre un manto uniforme de nieve que cubría la zona de la fosa común, luego con el objetivo tele tomé alguna foto más para mostrar algún detalle más cercano. Todo ello en un cuarto de hora, luego salí de allí como lo había previsto, sin causar apenas impacto de mi presencia en aquel lugar, justo como a mí me hubiera gustado encontrarlo, o sea, casi igual que me lo encontré.

Ya con la mitad del cometido previsto realizado me propuse subir la furgoneta a la explanada para dejar libre el camino por si algún otro visitante quería llegar con su vehículo hasta la explanada, así que tomé una pala y preparé una senda para cada rueda hasta llegar a la parte más llana.

Debajo de los dos palmos de nieve había una buena capa de hielo, motivo más que de sobra para que la Volkswagen recelara de subir… Al mover la furgoneta miré en el lugar donde había estado durante horas por si había restos de gasoil en el suelo, pero lo encontré limpio… No había tal problema en el motor, lo que indicaba que el gasoil en el suelo de la gasolinera correspondía a otro vehículo. Varios meses después descubriría la avería que tenía la bomba inyectora, aquí el enlace: http://alcorlopantano.com/2021/05/02/fuga-de-gasoil-en-bomba-inyectora/

El tiempo a veces pasa volando… no quise ni mirar al reloj, tomé tres cámaras con media docena de objetivos y me fui por los alrededores a tomar algunas fotos; por el camino di cuenta de una cerveza con limón que me supo a gloria; alguna tímida nube comenzaba a hacer su presencia y el día pasó de ser un estupendo día con ausencia total de viento a moverse brisas racheadas que me recordaron mi olvido de la chaqueta gruesa en casa y por consiguiente mi posible huida del lugar mucho antes de lo previsto, porque como decía mi abuela: “no haciendo viento no hace mal tiempo”.

Intenté subir caminando por el camino agrícola en dirección a la cuesta pero me resultaba demasiado complicado, entre otras cosas por el peso que llevaba a cuestas y también por mi edad, así que después de doscientos metros tomé unas fotos y volví a la carretera que, por cierto, parecía desierta, rara vez pasaba un auto en cualquier dirección, a pesar de ser sábado y por ello suele estar más concurrida.

Ciertamente tengo que decir que nada del paisaje me satisfacía fotográficamente, no había sombras importantes, las huellas de los animales eran difusas, la naturaleza con detalle estaba oculta casi toda ella bajo la nieve, en fin, “no veía foto interesante” aun así tomé algunas fotos a modo de obligatoriedad, entre otras cosas porque lo que tenía delante posiblemente no tuviera ocasión nuevamente de retratarlo para recordarlo o que lo recordasen.

Caminando por la carretera descubrí una posible fotografía interesante para retratar a la Vía Láctea una noche, pero claro, debía de ser en invierno ya que el esqueleto del árbol es visible solamente cuando está desnudo, pero el problema es que cuando es así, o sea en invierno, la Vía Láctea no muestra su mejor aspecto o sea que trataré de hacer una simulación, (es la foto de la portada).

Me alejé casi un km de la furgoneta hasta el extremo más saliente de la carretera, allí tomé varias fotos mostrando la línea del pantano. Desde antes de llegar vi a los pobres buitres planeando sobre la vertical, a veces sobre la presa y a veces en la cola del pantano, otras sobre la ladera aprovechando las corrientes térmicas, sentí lástima una vez más por esos animales y su alimentación y también y ¿por qué no? Por el resto de animales que pasarán muchos días en ayuno casi absoluto por culpa de la nevada.

Estando tomando una fotografía a la Ermita desde allí descubrí a uno de ellos planeando en dirección hacia donde me encontraba, posiblemente mi presencia destacara en la nieve y quiso hacer una visita por si mi cuerpo podía servirle de alimento. Estando ya a cerca distancia en un instante sentí como si el buitre viniera con malas intenciones y me puse en guardia, la altura y dirección correspondían conmigo, me recordaba a los misiles aéreos cuando se dirigen a los aviones para derribarlos, me quedé mirándole y ni se me pasó por la cabeza el apartar mi vista de él para hacerle una fotografía, pasó tan cerca que pude ver claramente sus ojos mientras me rebasaba, tan cerca pasó que pude escuchar perfectamente el choque del viento contra las plumas de sus alas… lo hizo a mi altura, a una distancia menor de 15 mtr, lo hizo por el lado del pantano aprovechando la térmica de la ladera, nunca antes había estado tan cerca de un buitre, ni siquiera en Pelegrina; desde el momento que le vi (a más de 1 km de distancia) hasta que le perdí la vista por encima de la presa, no movió las alas ni una sola vez, eso me recordó la época en que yo volaba planeadores de radiocontrol de más de 2,5 mtrs de envergadura, aviones sin motor, al pasar cerca y a partir de cierta velocidad (unos 60 km/h) el viento produce un zumbido al rozar con las alas… im-presionante.


 

un par de fotografías recuerdo de los años de diseño, fabricación y vuelo de planeadores. Foto de abajo: momento del despegue de su último vuelo.

Desde allí tenía dos opciones, regresar por la carretera hacia el coche (ruta fácil) o dejarme caer por la pendiente (corta y pronunciada) y llegar al agua… ni miré el reloj, aunque mis tripas me hablaban ya de la necesidad de comer.

Cerca del agua vi los restos del fresno que durante más de 38 años ha estado resistiendo, clavado en la tierra, las subidas y bajadas del nivel del pantano y el envite de sus olas, olmo al que tantas fotografías le hemos tomado a sus reflejos a la vez que nos recordaba a algunos de nosotros el drama del pueblo de Alcorlo

De allí bordeando el agua era visita obligada a la carrasca que tan buen aspecto tiene en la ladera y que pide a gritos que le hagas fotografías… poco restaba ya para llegar otra vez a la Ermita pero ciertamente me costó bastante porque a veces casi hasta la rodilla me llegaba la nieve de los remolinos; alguna foto de sombras y huellas del transitar de los corzos tomé por el camino…

Eran ya más de las 14:40 cuando me puse a dar cuenta de un gran bocadillo a base de sardinas en conserva con un tomate hecho rodajas; creo que pocas veces he comido con tanta ansia, ¡olvídate de langostinos y percebes, cuando se tiene hambre hasta el pan duro está bueno! Un caqui en su punto de madurez, un plátano y un kiwi fue el postre, para continuar con unas tazas de té verde que aún se conservaba demasiado caliente en el termo.

Mientras tomaba los alimentos aproveché para que las botas, calcetines y chaqueta cortavientos se secaran al sol porque las prendas estaban bien mojadas, incluida la chaqueta, (ésta por el sudor), en previsión había llevado repuesto.

En esos momentos llegó un auto del tipo todoterreno con intención de llegar a la explanada, pero en la cuesta se quedó, así que lo dejó caer y lo aparcaron en el camino, una pareja que venía en él se marcharon caminando hacia el agua del pantano, ¡vaya, la tranquilidad se fastidió ya!

Mientras metía el bocadillo a mis adentros observé el entorno y descubrí que en la puerta de la Ermita había mucho excremento de cierta ave de mediano tamaño, los excrementos tenían semillas muy pequeñas, del aspecto del trigo pero en miniatura, supongo que allí, bajo el porche de la entrada a la Ermita, encontraron refugio de la nieve y del viento del norte durante algún tiempo, también observé la ausencia de pajaritos en el lugar, tan solo zorzales vi y media docena de pajarillos zarzaleros, espero que la naturaleza en la primavera haga cumplir el milagro y venga cargada de bienes ya que dice el refrán que “año de nieves año de bienes”.

Después de comer y beber bien parece que “el mundo se ve de otro color”, todo en ese momento lo encontraba perfecto, ni un ruido, ni una brizna de viento, alguna nube blanca para pintar de bonito los cielos de las fotos, en esos momentos disfrutaba entre otras cosas de libertad, soledad, salud y tiempo, pues no tenía intención de irme de allí sin tomar fotografías nocturnas con la nieve a la Ermita iluminada, el tiempo lo tenía bastante justo porque ya los días alargan y digamos que la noche no comienza ya a las 17:45 como en el día más corto, sino que ahora ya se retrasa hasta las 18:30.

Fotografiar o estar en el campo en compañía es muy agradecido pero el estar SOLO es algo que no se puede dejar pasar por alto, solo hay que sentirlo, desearlo y disfrutarlo. Decía que tenía cierto tiempo para seguir haciendo fotografías y tomé el Canon 100 mm macro para intentar conseguir algún detalle muy cercano de la nieve o a cualquier otra cosa pero por más que lo intenté no encontré motivo aparente así que mientras se acababa el día cambié de plan y me puse a hacerme unos retratos.

Autorretratarse es tarea fácil y difícil a la vez, me refiero a hacerlo con una cámara grande tipo réflex y un objetivo  60mm, porque no se puede estar delante y detrás de la cámara al mismo tiempo, pero yo tengo un medio para hacerlo pues con un pequeño aparato reciclado de los que abren y cierran las puertas de los garajes y con su mando a distancia puedo disparar la cámara hasta a grandes distancias,  así que improvisé unas poses y me tomé unas fotografías para inmortalizar aquel momento.

De vez en cuando me hago autorretratos para en el futuro comprobar como las células me van oxidando y van cambiando mi aspecto, como si fueran uvas pasas o manzanas consumidas lentamente, también las hago para recordar el episodio y el ambiente de ese día.

No había comenzado con los primeros planos cuando hizo su aparición un automóvil todo terreno en el lugar, pero no pudo aparcar en la explanada que caben veinte coches ¡NOOOO! Tuvo que hacerlo delante de la puerta de la Ermita, justo donde en ese momento me encontraba yo,  la visita me hizo suspender la sesión, eso me disgustó bastante y maldecía la ley de Murphy y más cuando ninguno de ellos (ni conductor ni pasajero) se molestaron en saludarme y eso que estaba yo a escasos metros, me daba la impresión de que se trataba del “señorito” que acababa de llegar a sus dominios.

Durante el rato que anduvimos allí todos nos convertimos en invisibles, los visitantes parecía que pertenecían a una familia de origen Marroquí, tendrían la misma idea que yo, acercarse por allí a tomarse fotos en la nieve…

Continué con mi sesión de fotos en otro lugar cercano mientras hacía tiempo hasta que llegara la noche. Al rato se marchó el auto todo terreno y llegó otro auto con unos jóvenes que pasearon hasta las aguas del pantano. No pasó mucho tiempo cuando llegó otro auto todoterreno y destrozó ya la poca nieve que quedaba sin pisar en la zona de la puerta de la Ermita; pasó por delante de la puerta de la Ermita y luego tomó el camino que lleva al agua; esta es la ruta que muchos tomaron este verano cuando cortaron el camino al acceso al pantano y parece ser que este joven la tenía bien conocida… Casi me pisa los pies con las ruedas y no se dignó en saludar, ni tan siquiera mirarme…

Una hora después, ya casi sin sol, volvía de retorno, eso sí, parece ser que no fue camino fácil el volver porque a lo lejos el motor rugía como si fuera un búfalo atrapado. En esos momentos las canales del tejado soltaban agua como si una tormenta acabase de pasar.

Ya por la tarde cuando el sol se estaba ocultando subí de nuevo a la cuesta, pisando sobre las mismas pisadas de por la mañana… la puesta de sol no prometía bonitos colores en las nubes pues había ausencia total de ellas, aun así tenía que intentarlo pues era hacerlo en ese momento o no saber cuándo volvería a haber nieve allí, aunque fuera poca y con autos en la explanada en vez de estar desierta.

El sol en invierno se marcha a una velocidad endiablada, mientras en verano se puede decir que en días soleados la luz parece no agotarse nunca, en invierno es justo al revés, no me quedaba mucho tiempo para abandonar el lugar y tenía dos opciones de fotografía, por un lado alejarme de allí medio km para hacer una fotografía de larga exposición si el tiempo y los coches me lo permitían, no me gustaría irme de allí sin hacer una fotografía a la Ermita con la estrella de la Navidad aún instalada en el campanario (como cada año) por las fechas de Navidad, ¡y todo ello con nieve en el campo!

Con los últimos rayos de sol de ese día conseguí esta fotografía que ha generado algunos comentarios agradables por su aspecto.

Sobre las 18:10 el foco que ilumina la entrada a la Ermita ya se encendió automáticamente, pero ni la estrella ni los focos del interior hicieron signo alguno, miré en el tejado y claramente lo vi, el foco tenía las placas solares limpias de nieve, el resto aún le quedaba varios centímetros, por lo que probablemente nunca se llegarían a encender ese día porque las baterías no se habían recargado.

Tomé una sola cámara, un solo trípode y dos objetivos y me dirigí carretera adelante hasta el lugar visto por la mañana… yo quería que se hiciera de noche pronto, el tiempo del reloj corría pero la luz no parecía que tuviera ganas de irse con él.

En todo el trayecto caminando por la carretera no pasó ningún vehículo a pesar de que era sábado por la tarde y suele haber más movimiento de vehículos.

Preparé el equipo tanto en escena como en disparo y luz y calculé mentalmente el tiempo que necesitaría de exposición para registrar el movimiento del paso de un supuesto vehículo, desde donde me encontraba yo hasta que desapareciera por la curva, así que cerré el diafragma hasta el máximo (f16) luego bajé el ISO por debajo del valor 200 y aún me salía demasiada luz para los 15 segundos que calculé que tardaría en pasar el coche, una vez realizada la configuración del disparo solo me quedaba esperar que algún vehículo hiciera aparición, tanto en un sentido de la vía como en el otro, ya me daba igual, teniendo en cuenta la cadencia tan escasa de vehículos en aquella carretera hasta era posible que no pasara ninguno.

Al rato largo de estar esperando escuché el motor del primero, venía de la zona de Congostrina por lo que las luces traseras serían las registradas en la fotografía, no era la mejor hora porque la fotografía resultante parecería que era de día, pues las farolas de la carretera de la presa (aunque ya estaban encendidas) solo mostraban una lucecilla amarilla, similar a una cerilla recién apagada. Nótese las tres manchas  en el cielo y las farolas del fondo..

 

De los 14 segundos estimados en la duración del coche me sobró UNO, fue desaparecer el auto por la curva y acabarse el tiempo de exposición… al comprobar los resultados en la cámara no me sorprendieron pues la parte de abajo, (la tierra), estaba correctamente expuesta pero la parte del cielo, (justo por donde desapareció el sol) había demasiada luz así que tomé otra fotografía con solo 3 segundos de exposición, fotografía que luego mezclaría con la anterior para conseguir un gran rango dinámico. Es la foto de la portada.

El reloj no se paraba, los coches no venían y yo tenía volver a la ciudad a recoger a mi hija, todo un poco a contrarreloj, cuando de repente vi a lo lejos las luces de un auto. Rápidamente compuse otra vez el equipo para tomar otra foto similar, ahora con la luz del coche de frente, si antes eran las estelas rojas de los frenos ahora serían amarillas o blancas de los faros.

Como el cazador o francotirador _que tiene que asegurar el disparo_ me preparé y justo cuando vi aparecer las luces del auto en la curva pulsé el disparador… dos segundos después de que pasó el coche se acabó el disparo… tiempo calculado exactamente… un breve vistazo a la pantalla para ver el resultado mientras salía de allí pitando hacia la Ermita, no había tiempo de más fotos, salí como un fugitivo del lugar con la cámara colgada y recogiendo las patas del trípode por el camino.

 

Desde allí vi que la estrella estaba encendida, era la ocasión perfecta, justo tomaría un par de fotos porque no tenía tiempo físico de más y me marcharía para casa, pero la casualidad quiso, quiero decir LA MALDITA CASUALIDAD una vez más, cuando me disponía a componer el encuadre para tomar la foto prevista a la Ermita iluminada, la luz de la estrella se apagó, así que no me quedó otra que a modo de recuerdo hacerla sin luz en la estrella, quizás luego pudiera simularla en el programa de edición.

De camino por la carretera hacia la Ermita tuve que ocultarme entre la maleza por el tránsito de un par de autos, a esas horas ya de noche no sabes quién circula por esas carreteras y en cualquier momento puedes sufrir un mal recuerdo, hay mucha “neguilla” y amigos de lo ajeno habitando por esos lugares y yo ya he tenido cierta experiencia, y recordando a mis padres que me decían: “quien quita la ocasión quita el peligro”.

Sobre las 19:30 abandoné aquel lugar, no estaba seguro si lo haría de una manera fácil o tendría que recurrir a la pala de nuevo para quitar algo de nieve o hielo.

Para llegar a la carretera cogí un poco de carrerilla para salvar el desnivel que llega al cruce pero no fue suficiente, incluso la Volkswagen quiso tomar el control del volante, volví sobre lo rodado y tomé nuevamente el impulso, esta vez más fuerte, hasta conseguir que las ruedas pisaran el asfalto.

A doscientos metros de la Ermita paré y contemplé las luces del interior de la Ermita, aunque apenas brillaban, la luz del pórtico se ve a gran distancia, sobre todo si se presta atención. Aunque el día estuvo soleado y eso le benefició a las placas solares para recargar las baterías se ve que no fue suficiente, la nieve acumulada sobre las placas disminuyeron el rendimiento.

A modo de anécdota de ese día recordaré que la pantalla de cristal que llevaba sobre la pantalla trasera la Canon 80D (que sirve de seguridad y sujeción del visor óptico) sufrió una leve caída de 10 centímetros al rodar sobre la mochila y cayó sobre el asfalto, misteriosamente se partió a pesar de tener sobre ella un cerco de 4 mm que sirve para sujetar el visor óptico, el vidrio era de 1.8mm, si me lo cuentan no me lo creo, luego en casa en media hora preparé otro y quedó como si nada hubiera pasado.

Otra de las gracias del día es que desde la primera fotografía de la 80D TRES MOTAS como tres «garbanzos» de gordas se habían depositado en el sensor, y por supuesto estuvieron allí todo el día, no suelo utilizar la función de limpiar el sensor cada vez que se enciende la máquina, en fin, cosas que pasan, no faltan CIEN CUIDADOS PARA UN DESCUIDO… o dicho de otro modo: «hay que dejarle a Murphy un poco de cordel para que se entretenga».

Gracias una vez más por llegar hasta aquí y si crees que puede ser interesante NO DUDES en compartir. Agustin y sus cosas. alcorlopantano.com