Historias de la puta mili


Tal día como… hoy solía decir mi padre, tal día como hoy hace ya 33 años abandoné para siempre el cuartel militar Base Militar de Molino Payá, Alcoy, Alicante.
Doce meses cargados de trabajo, maniobras, amigos, cubatas, música y chicas. Unos días antes cuando estaba a punto de abandonarlo les comenté a unos compañeros: “probablemente aquí he pasado los peores y mejores ratos de mi vida” y poco me equivoqué. Allí experimenté la rabia y la impotencia ante mis superiores pero también el calor del compañerismo porque conoces gente tan estupenda que el día que tienes que despedirte (probablemente para siempre) entre abrazos y palmadas en la espalda no puedes evitar las lágrimas, compartimos maniobras militares, noches de frío, tardes de fiesta, mañanas de resaca, historias de nuestras familias… ¡tantas cosas!…

Hay cosas que no se olvidan como las de ese día; foto del grupo de tu reemplazo vestidos ya de civiles en la explanada cerca de la puerta principal para salir a toda pastilla a casa, personas que desaparecerían paulatinamente de tu memoria y llegarían a transformarse en tu ser en una duda entre realidad y sueño.
Eran las 10:20, primer destino: Villena, llegar antes de que pase el tren de las 11:30, algo imposible ya que hay unos cuarenta km y el medio de transporte era autostop porque para taxi no había dinero.

En aquellas fechas era muy habitual hacer autostop sobre todo los chabales militares aunque ya comenzaba a escucharse que esa práctica se prohibiría, era tan práctico que se dieron casos de salir de Alcoy por la mañana y llegar a Madrid antes que en tren, yo vine varias veces así.

Llegué a Villena más tarde que el tren, como es natural y no me acerqué ni a la estación FC por si se había retrasado, me quedé en el cruce de la carretera de Alicante.
Allí corrían los minutos más que los coches pero nadie paraba, a un militar lo para cualquiera pero a un joven con petate…. ya es más complicado aunque lleve el pelo rapao y pintas de militar.

Calculo que esperé más de media hora hasta que un camión pequeño me recogió. En el interior dos hombres rondando los 30, me instalaron en el centro de la cabina como para evitar que saliera huyendo. Por las pintas que tenían entiendo que pronto “saldrían del armario”.

El auto no superaba los 70 o 80 km/h y yo no veía el momento de llegar a casa, a los pocos minutos de subir a aquel cacharro ya estaba arrepentido pues pensé que en cualquier momento tomarían la carretera a ninguna parte y me pondrían “mirando pa Cuenca” mientras me defendería con coces y mordiscos. Una hora después me dejaron en cualquier cruce.

Otro rato largo al lado de una gasolinera hasta que un Ford fiesta XR2 (1.6, 83 CV) se paró a mi lado ¿Dónde vas? A Madrid, ¡sube!. ¡Madre de Dios, el día y la noche en menos de una hora!. Aquel trasto no corría sino que volaba a ras del asfalto. Yo en aquellos años tenía un Renault 6 de unos 35 caballos de potencia y aquello era el diablo en aceleración.

Tres jóvenes iban en el interior charlando, al parecer de cobrar una deuda. No tenían claro el valor de ella pero durante el trayecto al menos TRIPLICARON su valor original.

Andaban contando sus “batallitas” cada cual más aterradora parecía que se habían fumado unos porros y estaban alucinando, yo al escucharles también alucinaba y sin fumar ni tabaco.
Ordenadamente cada uno la contaba “más gorda” uno relataba con pelos y señales como le había robado todos objetos de valor a una persona en unos aseos, otro como le dejó los “dientes colgando” de un ladrillazo a un tipo chulo de una discoteca y el otro no se qué película del mismo género les contaba y yo en el asiento trasero parecía invisible sin decir ni “pio”, tan solo la respuesta a una pregunta nada más subir al auto ¿qué tal por la mili? Allí les he dejado, me acabo de licenciar…

Entre la velocidad, los adelantamientos de ¡Ay madre que nos damos de frente! (no hay que olvidar que en aquellas fechas esa carretera solo tenía DOS CARRILES, uno en cada sentido, con sus cambios de rasante y todo) y las conversaciones de aquellos chavales tan peculiares no veía el momento de llegar a casa, veía que en cualquier momento todos mis sueños de acabar la mili y volver con mi familia no verían la luz.
De ventaja tenía que por velocidad aún me daría tiempo de coger el Talgo que pasaría sobre las 16:30 por Albacete porque para aventuras de autostopista ya tenía yo bastante por ese día pues me quedaba ya poca adrenalina en el bolsillo, no quería más experiencias de ese tipo.

Me dejaron en la entrada de Albacete en un cruce y caminando me fui a la estación FC (media hora de caminata).  Al reanudar la marcha (como no miraron porque toda la carretera les parecía suya) cruzaron de carril para tomar otra vía y provocaron frenazos y chirridos de ruedas en otros vehículos con las consiguientes pitadas y gritos de muchos conductores pero lejos de callarse sacaron el brazo con inclinación de noventa grados y con el dedo corazón mirando hacia el cielo les indicaban el número UNO  y gritando si podían aún más que el resto; por su comportamiento y charlas supongo que ninguno de los tres cobrará la jubilación ni aunque sea anticipada pues supongo que el mundo les pasará factura.

Llegué a tiempo de tomar el Talgo hacia Madrid en la estación de Albacete, un cubata de ron con limón mientras hacía tiempo es lo que recuerdo que me ayudó a pasar el rato.

Ya en Madrid visita obligada a la novia ya que me pillaba de paso y sobre las DIEZ DE LA NOCHE caí en casa como el mejor regalo de Reyes para mi familia pues ¡Se había acabado la Mili!

  

Todo esto y algunas cosas más que no relato para no alargar el texto me sucedieron en el día que me licencié. 5 de Enero de 1984, 10:20.

Gracias por llegar con la lectura hasta aquí. Agustín y sus cosas.

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