Las primaveras de Alcorlo

LA PRIMAVERA EN ALCORLO. (mayo 2022).
Alcorlo, Abril de 1971. La actividad en la vega ya comenzó incluso antes de que llegara la primavera, se aprovechó aquellos días aún cortos de invierno, para limpiar las casillas del ganado de estiércol y esparcirlo por la tierra que previamente ya se había arado con una yunta de mulas, o de mula y burro/a o de “macho” y burra como el caso de mi familia, esa operación de mover la tierra creo recordar que se denominaba como “binar la tierra”.
Este año toca el sembrar la hortaliza en la “Vega de arriba” porque el año pasado estuvo de cereal y cada año se turnan las vegas con las cosechas, de esta manera no se castiga tanto la tierra y se obtiene mejor beneficio.
Ya en los primeros días de abril en los semilleros con tomates, pimientos, lechugas, calabaza, etc despuntaban las plantas, se habían sembrado en pequeñas cajas o espuertas y permanecían dentro de la casa hasta que las temperaturas les permitía vivir en el exterior, luego se trasladaban a lugares resguardados del frio donde les diera el sol y a la vez el frio del Alto Rey no les perjudicara.
Las semillas eran de la cosecha del año anterior, las semillas de los tomates y del resto de hortalizas se secaban al sol cuando la planta había finalizado su ciclo de vida, estas semillas serían la estirpe que continuaría con sus genes.
Toda la vega en esa época de primavera se llenaba de gente, desde niños hasta abuelos, todo el mundo podía poner allí su granito de arena, los caminos se convertían en un ajetreo de gente que iba o venía a la vega, con o sin caballerías, sobre todo después de la hora de comer hasta la puesta del sol.
El papel que desarrollaba la mujer en aquellas fechas de la primavera cambiaba un tanto, pasaba de estar mucho tiempo con las tareas del hogar a echar una mano con las faenas del campo y mi madre no iba a ser menos. A lo largo de las últimas décadas en las que he mantenido conversaciones con algunos paisanos de Alcorlo (mucho más mayores que yo) sobre cómo eran aquellos años no pueden dejar pasar por alto el recordarme “lo trabajadora que era mi madre en el campo”, al parecer esas tareas campesinas las resolvía incluso más y mejor que mi padre y es que por la supervivencia de los hijos: “MA_TO”.
El acertar el momento ideal para trasplantar las pequeñas plantas del invernadero era crucial, la previsión del tiempo es totalmente impredecible; hay mil refranes referidos a la fecha de la siembra pero ninguno de ellos es fiable cien por ciento, “tantos días como pierdes de enero tantos ajos pierde el ajero”… “Si lo temprano miente, lo tardío siempre” o este otro relacionado: “22 de mayo Santa Quiteria, se han helado las viñas… Santa de mierda”…

Si parecía que ya se habían retirado los hielos nocturnos y te aventurabas a sembrar los tomates (por ejemplo) cuanto antes, era muy probable que en tan solo UNA NOCHE perdieras la siembra, o sea, que si no habías dejado simiente o mejor dicho plantas de reserva ese año ya ibas mal, so pena que tuvieras la posibilidad de que algún paisano te pudiera dar o vender parte de lo suyo. De lo contrario la cosecha de ese año ya llegaría tarde y cuando tus tomates estuvieran a punto de viajar a la mesa los demás paisanos ya llevaban un mes cosechando. Recuerdo que mi padre contaba que un año sucedió que cuando ya nadie pensaba que una gran escarcha cubriría los campos de la vega llegó, y lo hizo con saña, con fuerza, como con rencor guardado, no dejando nada vivo de lo sembrado hasta esa fecha.

Entre algunas de las tareas que recuerdo de aquellos años 1968 era el ir a buscar la burra o el macho a algún lugar de la vega donde mi padre lo había dejado atado alimentándose de esas hierbas frescas y tan abundantes en la primavera, y otra tarea era el ir a poner sobre cada plantita de tomate una hoja de una planta que le decíamos “lampazos”. Era una planta baja, rastrera, creo que luego echaba un tallo muy alto, las hojas eran de tamaño como de lechuga grande, pues bueno, ibas a algún lugar de la vega como las orillas del arroyo, localizabas varias plantas de esas y le ibas cortando con la navajita las hojas a la altura del tallo, luego hacías una pequeña gavilla y te ibas con ella a la huerta donde estaban sembrados los tomates, que no sobresalían del suelo ni un palmo de altura; una vez allí la operación era muy sencilla, se trataba de poner sobre cada planta de tomate un “Lampazo” de esa manera la escarcha apenas afectaría a la vida de la planta, luego claro, al día siguiente había que volver allí a quitar esa protección para que la planta recibiera la luz y el calor del sol, y a la tarde siguiente si amenazaba escarcha pues otra vez a repetir la faena a última hora de la tarde. “Oye chico, vete a “La Isilla” y donde plantamos el otro día los tomates y les pones un lampazo a cada uno”. Ese era el recado de mi padre, y no me tenía que decir más na´…

En los últimos años ya se veían botes de esos de melocotón en almíbar o leche condensada de tamaño de medio kg y en vez de lampazos se protegían las plantas colocando el bote sobre ellas a modo de paraguas o cabina telefónica de aquellas que en los años 70 las calles estaban llenas.

El seguro contra inclemencias del tiempo no era “Ocaso” o “Santa Lucía”, me refiero a empresas de seguros, porque cuando no hay para comer no hay para “porsiacasos”, el único seguro que había para las cosechas y “no era tan seguro” era San Isidro Labrador. En el mes de mayo (creo recordar) era su festividad, ese día se celebraba una misa y se sacaba al santo de procesión para que bendijera los campos y las cosechas… algún año puede que acertara, otros sin embargo… no tanto; quizás por la presión recibida por los feligreses para esa encomienda.

Lo de bendecir los campos no puedo asegurar si además de San Bartolomé había otro ritual religioso como el día de “Las cruces”; fuera en la una o en la otra celebración en esas fechas subíamos todos en procesión hasta “El Alto las Eras” donde había una cruz de madera que por su aspecto yo diría que llevaba allí puesta muchos años. La cruz estaba formada por listones de madera de cuatro caras y en la parte vertical, a uno o dos palmos de la unión central, el listón superior tenía tallada hacia el interior de la madera (formando una hendidura) una cruz en cada una de sus caras, o sea, quedando una cruz mirando para cada uno de los cuatro puntos cardinales.

En un momento de la celebración el sacerdote rellenaba con unos trozos de cera de la de “bobinar en una tabla”, esa cera era de color de la cera virgen, entre amarilla y naranja, del grueso de un lápiz, y como ese tipo de cera es bastante maleable (parecida a la plastilina) allí se quedaba la cruz, con sus cuatro cruces rellenas de cera.

Alcorlo, 9 de mayo de 1970, sábado. Notas de mi diario. Hoy no hemos tenido escuela porque es sábado, por la mañana estuve por la vega con “El Pepe”, ayer me hice un tirachinas con las gomas de un guante de los que utilizan las mujeres para lavar la ropa en el caz. Me lo encontré en el muladar del “bar de abajo del Pedro”, creo que de las mujeres que lavan aquí, al lado de mi casa.

Este “tirador” no es como los anteriores, en vez de utilizar unas tiras del guante esta vez he utilizado la parte de atrás del guante donde queda una goma redonda y le da mucha más fuerza ¡menuda diferencia! Para la “badana” le he quitado a mi padre un trozo del que tiene guardado para arreglarse las correas de las albarcas, espero que tarde mucho en echarlo en falta o con un poco de suerte ni lo notará…

Como no pude probarlo apenas anoche, porque me puse a fabricarlo después de cenar, esta mañana sin falta el Pepe y yo nos hemos ido a cazar pájaros a la vega de arriba y ranas por la zona de la fábrica ya que en los charcos de debajo de la presa se crían muchas.

Como es primavera el rio está lleno de peces grandes, en las compuertas no dejan de saltar todo el rato, suben a deshobar desde el rio Henares y durante todo el verano será fácil pescarlos con el trasmallo, aunque luego en los meses de verano se llena las orillas de pescadores con caña ¡qué ganas tengo de tener una caña de verdad! como la del Pedro del “Chico nuestro”, o sea, del tío Jesús, el marido de la tía Carmen; es una caña de bambú, una vez le vi sacar una trucha en el pico de la “Peñaurá” (que yo creo que viene del nombre “Peña orada” pero es más fácil decirlo todo junto), la caña se doblaba como un arco pero no se partió ¡yo quiero una de esas! No como la que tengo que no tiene carrete, la hice de un tallo largo de zarza al que con mucha paciencia y algún que otro pinchazo le quité todas las pinchas que eran muchísimas y muy duras. Luego le puse un trozo de sedal que me encontré con su anzuelo y todo de los que los pescadores se les enganchan en los árboles y tiran hasta que se parte el hilo y allí se queda el anzuelo y con suerte hasta la veleta.

El Pepe tiene una veleta muy bonita que se encontró en el “pozo de las mulas”, yo me las hago de un corcho de una botella con mi navajita que me regaló mi abuelo, está muy vieja pero corta muy bien, posiblemente fuera de su padre, mi primo Jesús me enseñó a afilarla en un canto fino; como no tengo pintura para darles color para que se vean flotando en el agua pues las envuelvo con un trozo de globo roto, si es posible con colores llamativos como el rojo o el amarillo que en el agua se ven muy bien.

Hace unos días cayó una tormenta por el Alto Rey, por aquí apenas llovió nada pero ahora el agua baja como el chocolate, todo oscura, así es fácil pescar con el trasmallo pero con la caña nada, porque los peces no ven el cebo. Como los peces se pasan los días entre agua con barro les cambia el color, normalmente están de color bastante oscuro pero ahora han perdido mucho color así que en vez de pescar en el rio, mi padre y yo nos vamos con el trasmallo al Rihondo que siempre tiene el agua mucho más limpia y como baja poco agua es más fácil atrapar a los peces en las pozas. Hay pocas pozas, la de debajo del puente del Pontón es el más grande, desde encima del puente se ve fácilmente cuantos barbos hay, se notan bien porque son peces más grandes y le cuelgan del morro como un pelo largo y grueso a cada lado de la boca.

Ayer después del colegio fuimos a plantar berzas a la vega con mis padres, cosa que en esta temporada vamos casi todas las tardes, no como otros niños que siempre están jugando en el frontón pero antes de irnos “El Pepe” y yo bajamos a las compuertas a dar una vuelta y ver como el rio baja tan lleno que se desborda por las orillas y salta por encima de la presa; allí estaba el tío Antonio y su cuñado sacando peces con la manga, una especie de red hecha con dos palos largos, a modo de cazamariposas, es fácil en esa situación sacar peces porque no te ven, cada cuatro o cinco intentos sacaban un pez que otro, al menos es más divertido que el trasmallo que solo tienes que tirar de la red y dejarles sin salida.

Hablando de peces, la otra noche, antes de la tormenta, ya casi al anochecer, fui con mi padre a pescar cerca de la presa de arriba, allí el rio toma muchos pequeños caminos y mi padre y yo hicimos un aparato para pescar, es muy sencillo, con un puñado de cañas o varas finas y un trozo de cuerda se hace un pequeño embudo donde entra el agua y entre las cañas luego se pierde, pero los peces que bajan por el agua llega un momento que se quedan varados en las cañas, se quedan sin agua por lo tanto no pueden darse la vuelta y cuando vuelves al día siguiente los encuentras allí, la mayoría ya muertos por falta de oxígeno. Este aparato mi padre lo llama “Sardo”.

En la tormenta del otro día a mis padres, a mi hermana y a mí nos pilló sembrando las lechugas, nos tuvimos que meter debajo de los chopos que hay al lado del rio, no había nada mejor, no teníamos impermeables para todos, mejor dicho, en ese momento no teníamos ningún impermeable porque nadie pensó en que iba a llover y como dice mi padre, “siempre que ha llovido a escampado”, total que finalmente nos mojamos todos porque como dice el refrán “El que se resguarda debajo de hoja dos veces se moja”.

Antes del charpazo aún se podía pisar la tierra con cierta comodidad pero después no había manera, la tierra se pegaba en las zapatillas y los pies te pesaban diez kilos cada uno así que pronto nos volvimos a casa.

Al llegar al arroyo de “Acá” nos hemos dado cuenta de que había caracoles como nunca antes los había visto tan juntos, en cada junco había uno subido trepando por él, debe ser que huyen del agua porque no sé dónde van si de los juncos no comen, en fin, que de repente hemos dejado las azás en el suelo y con los dos cubos que hemos llevado a la vega con las plantitas de lechugas nos hemos liado a echar caracoles y hemos cogido medio cubo en un rato, o sea que, de momento mi madre ya tiene tarea para limpiarlos y a la semana que viene nos pasaremos un rato sacándoles la carne con un palito, tienen poca chica pero está muy buena, a mí hasta me gustan asados sin más, es una carne diferente a la de los conejos o perdices que caza mi padre.

Alcorlo, 30 de mayo de 1970, sábado. Hoy hemos tenido que ir a la vega urgentemente y sin falta porque una tormenta de aire y de granizo ha dejado las plantas de tomates y de judías totalmente tumbadas sobre el suelo; ha coincidido que la tierra estaba blanda porque la regamos uno días antes y ha cedido a la fuerza de la vara.

El pepe y yo hemos ido a la “ren de la fábrica” que es del alcalde, allí hay dos cerezos que engañan porque a pesar de que las cerezas están blancas ya se pueden comer, son árboles grandes pero el pepe me ayuda a subir al árbol, me coge de las zapatillas y yo me agarro a la primera rama, luego yo le voy echando de vez en cuando puñados de cerezas.

Al ser blancas los pájaros no se las comen porque piensan que no están maduras, y como están alejados del pueblo no hay mucho riesgo de que alguien te vea allí hartándote de cerezas. En toda la vega no hay otros cerezos como esos. Algo parecido hacemos con una morera que hay en la parte trasera del corral de la tia Patricia, el problema es que vuelves a casa con las manos del color violeta porque aunque te las restriegues en el barro y te las laves cien veces en el caz no hay manera de que se vaya esa pintura. Y en los labios pasa igual, como algún día el “tio Charrample” ande buscando quien le come las moras no le va a ser difícil dar con nosotros.

A ESCARDAR. Ayer fuimos a “escardar” yo no sabía ni lo que era pero analizando la frase por el camino de la vega de abajo hasta llegar a “el Olmillo” _que era el piazo al que íbamos a trabajar en el que mi padre había sembrado el trigo_ he llegado a la conclusión de que tenía que ver con los cardos pero ¿para qué vamos a tocar los cardos? ¡si no se comen!, ¡cómo no sea a coger cardillos para revolverlos con la tortilla francesa!… pero pronto se resolvieron mis dudas, lo que íbamos a hacer allí era ¡arrancar los cardos! A golpe de pronto me pareció que era un trabajo un tanto innecesario pero de tener que hacerlo por algo sería y no precisamente para pasar el tiempo.

Mi padre me dio una especie de bastón que en el extremo tenía forma de “Y” y para la otra mano una especie de hoz pequeña, la misión era cortar, o mejor si era posible, arrancar los cardos que habían nacido entre el trigo, porque al parecer cuando tuviésemos que segar no te pincharías con ellos, además de quítales a las plantas del trigo que había a su lado los minerales necesarios para su desarrollo.

La operación era sencilla, con el bastón y la forma de “Y” empujabas al cardo contra el suelo y le hacías doblar las costillas y luego le metías la punta de la hoz por delante y de un golpe “zas” le cortabas el pescuezo… y allí se quedaba, secándose al sol y desintegrándose con el tiempo…

Lo bueno de esa tarde es que he descubierto que entre el trigo hay unas plantitas que brotan desde la tierra que las llaman achicorias, tiras con cuidado de ellas y las arrancas, luego las lavas en la fuente y saben mejor que las lechugas ¡ande va a parar, mucho mejor! Lo malo es que suele haber pocas…

REGAR EN LOS TRANCOS. El susto de mi madre. Ya sería casi el mes de julio del año 1970 (yo tenía ocho años) cuando mi madre “me mandó” a regar a “La Isilla”; en aquellos años no existía el “Agustinito, por favor, ¿puedes ir a regar las judías que plantamos el otro día en La Isilla?” Tus padres pronunciaban la frase y no había apelación de “es que me están esperando los chicos en el frontón que hemos quedado para echar un fútbol”, así que me cogí la azá pequeña, me la eché al hombro y me encaminé a “la Isilla”. Mira por donde iría yo con mis pensamientos de cómo mejorar el tirachinas o la caña de pescar cuando se me desvió la orden en la memoria y en vez de ir a La Isilla me fui a otro “piazo” que teníamos en “Los Trancos”, o sea, en la vega de arriba, trescientos metros más arriba.

La diferencia entre los dos lugares es que en la Isilla (que estaba más cercana al pueblo) solo había que abrir el borde del caz (acequia) y controlar el volumen de agua que entraba en la parcela pero en Los Trancos era todo lo contrario, al quedar la parcela más alta que el nivel del agua había que hacer una pequeña presa y retener el agua al menos dos palmos para que pudiera salirse por el borde hacia las judías.

Metido de patas en el caz y sin zapatillas (para no destrozarlas) me puse manos a la obra. La operación era colocar un tablón que teníamos allí para tal fin en mitad de la acequia pero el problema era que la corriente del agua no te lo ponía fácil porque el tablón tenía al menos setenta centímetros de altura y el agua a ese nivel ya empuja bastante, pero yo me las ingenié para hacerlo, primero sujeté la tabla por un lado con unas piedras y ya asegurada en ese lado solo quedaba ir cerrando la puerta al agua hasta completar cerrar completamente el paso, luego el agua por su nivel pasaría por encima del tablón y saltaría por el borde hacia la parcela.

No me resultó nada fácil porque yo siempre fue un niño muy delgado, quizás demasiado delgado, pero mi ingenio más que la fuerza pudo con aquel desafío. Regar aquella parcelita llevaba un rato de tiempo, quizás dos horas, así que me encaminé de nuevo al pueblo con mi azadilla y al llegar a La Isilla me encuentro a mi madre por allí hablando un tanto nerviosa con algún paisano, pues normal ¿no? Pues ¡no! Resultó que mi madre, que fue a la vega un rato después de que yo emprendiera el camino, y al no verme en aquel lugar de La Isilla comenzó a preocuparse por saber dónde estaba pues no era algo que yo solía hacer, era un crío muy bien mandado, aunque todo era posible, si me hubiera encontrado por el camino con “El Pepe” pues lo mismo nos habíamos ido hasta el rio que estaba a escasos metros en busca de ranas.

Todo se aclaró cuando le dije que veía de dar el agua a Los Trancos “pero hijo, ¿has podido poner la tabla tu solo o te ha ayudado alguien? Pues sí, yo solo, allí se ha quedado regando, luego vuelvo para quitarla”

Así te enseñaba la vida, a buscar soluciones trabajando y agudizando el ingenio, cuando me mandaron ir a regar en esa ocasión yo en ningún momento me cuestioné si podía o no podía poner yo solo la tabla en el caz, sencillamente me busqué las mañas.

En la primavera los campos se llenaban de gente, de bichos de todas las especies y de sonidos… ¡qué bonitos son esos pájaros que llevan como una cresta en la cabeza, son de colores muy vistosos predominando los anaranjados entre franjas negras y/o blancas, son muy miedosos y no dejan que te acerques. En la primavera se escucha el “Bu bú” por cada rincón pero no era fácil localizar al autor entre los árboles aunque a veces las veías en “los majanos” (montones de pequeñas piedras o cantos) según ibas caminando, luego pegaba un corto vuelo y volvía a repetir su cancioncilla. Es “la Bubilla” o “Coculillo” como se le nombraba también en Alcorlo. Recuerdo una canción o refrán que decía mi madre por aquellas fechas, decía así: “Si el coculillo no viene pal 25 de Abril, se ha muerto o lo han matado, o es que no quiere venir”.

JUAN CARLOS I y la burra blanca. (notas del diario) Hace unos días mi hermana y yo fuimos a por la burra de mi padre al arroyo de arriba que la tenía allí atada pastando, yo a veces me atrevo a montarla pero claro, si no hay manera de subir a ver cómo subes a su lomo porque bajar es siempre más fácil, te agarras a los pelos del lomo y te dejas caer. Mi hermana y yo ya habíamos aprendido a arrimarla a una pared y desde allí de un brinco nos poníamos en el lomo, una vez allí como el animal es ya mayor no se espanta de nada y no hay problema en que salga corriendo a las cuatro patas y acabemos en el suelo sin querer.

Pues eso, esa tarde nombraban al Juan Carlos I como rey de España, el Franco se murió el año pasado. Mi hermana no quería subir a la burra porque como es más pequeña le da miedo pero la llevamos junto a una pared que hay justo antes de cruzar el puente del arroyo de acá y allí subí yo de un golpe, luego mi herma se agarró a mí y subió detrás y al momento la burra comenzó a caminar.

Unos minutos después aquel paseo resultaba aburrido así que para alegrarlo le di con los pies en la panza de la burra y el animal comenzó un trotecillo alegre pero al momento yo quise más, más o menos como había visto en la tv que cabalgaban los pistoleros del oeste americano y le di más golpes a la burra en la tripa para que aligerara el paso, al momento ya nuestros culos lo mismo estaban sobre el lomo que en el aire cuando de repente mi hermana me dice ¡para para! Y noté que algo tiraba de mí hacia atrás, miré como pude girando la cabeza hacia atrás y mirando de reojo, solo vi las piernas y los pies de mi hermana “patas arriba” por el aire, luego ya vi que desaparecía hacia el suelo por detrás de las ancas de la burra… la suerte quiso que el golpe no fuera nada porque cayó encima de una junquera y eso le amortiguó el golpe. A partir de allí el camino lo hicimos a pie, yo riéndome y mi hermana y ella echándome la bronca por haber arreado el animal más de la cuenta…

El VERDUZAL. Además de las dos grandes e importantes vegas Alcorlo tenía otra pequeña vega ubicada en el cauce del Rio Hondo; cualquier trozo de tierra que se pudiera aprovechar para cultivar se aprovechaba, el resto era para pastar el ganado. Este rio que más bien podía llegar a denominarse “arroyo” porque algunos veranos el agua no llegaba hasta juntarse con la del Bornoba por su poco caudal y su corto recorrido, tenía también su importancia para la pesca y ya bien lejos del pueblo a ambos lados de los márgenes se cultivaban pequeños bancales con judías y melones, casi todo era de secano ya que no había presas de retención del agua para regar por inundación como en las otras vegas, el agua no era impedimento alguno para cultivar allí porque al pasar el agua tan cerca en los primeros meses de cultivo se regaban con cubos hasta que las plantas ya por sí solas podían sobrevivir.

Reconocidos también por su extrema calidad eran los melones de “los Cañamares”, melones de secano por lo que eran dulces a más no poder, de tamaño por lo general grandes según me cuenta un paisano mayor que yo en edad y de nombre Víctor. La tierra en aquel lugar era de textura arenosa y poco compacta, fácil de cultivar, con la poca humedad del suelo la planta tenía suficiente.

Los Cañamares era un paraje ubicado cerca del rio, al lado opuesto del pueblo, en el camino que lleva a Veguillas y Cogolludo, a título anecdótico recuerda Víctor que era frecuente que los visitantes que de esos pueblos cuando nos acompañaban en las fiestas, principalmente de Agosto, las de San Bartolomé, en su marcha hacia su pueblo hacían acopio de algún que otro melón para degustarlo y hacer más llevadero el camino, jajjajaja, y ¡cómo no!, algún que otro destrozo propio de la juventud también originaban en el melonar.

En aquel lugar también se encontraba una pequeña parcela donde en siglos pasados estaba construida la Ermita de San Bartolomé, con el tiempo en el lugar no quedaban ni piedras, materiales que se fueron utilizando para nuevas construcciones en el pueblo y para instalar unas “pasaderas” para cruzar el rio saltando sobre ellas ya que en ese lugar el rio discurre de manera llana y tranquila y normalmente la profundidad no superaba el medio metro en la época de invierno. En esa parcela por los años 1960 y posteriores hubo un paisano de Alcorlo (ya escribiré su nombre) que la convirtió en fértil, cultivando allí melones de secano de características como las descritas de las de los Cañamares.

Foto de Eusebio Vacas en el año 1965 aprox, donde se ve que es un verano de calor y sequía extrema pues no recuerdo yo haber visto el cauce del Bornova nunca así de seco. A la izquierda de la imagen se encontraban los restos de la Ermita de San Bartolomé, nombrada por Luis Cordavias  en 1826 y Pascual Madoz en 1845, hablan de que “había dos Ermitas en las afueras, la de la Soledad y San Bartolomé. Esta última estaba arruinada y sirvió posteriormente para cementerio tras la prohibición de enterrar en las iglesias.

LA GANADERÍA. La ganadería siempre fue importante en aquellos pueblos de la Sierra de Guadalajara, en Alcorlo había varios rebaños grandes y casi todo el mundo tenía una docena de cabras para consumo propio. Ese ganado salí cada día a pastar al campo, de guarda lo hacía cada día uno o dos de los vecinos, dependiendo de la época del año porque en primavera era más difícil controlar a los animales porque había mucho terreno que preservar. Esta misión de controlar el ganado se llevaba por turnos o adra, dependiendo del número de cabezas que cada cual tuviera. Hubo también unos años en que era un profesional (El Cabrero) quien se encargaba de ese trabajo a cambio de normalmente una cantidad de trigo porque el dinero casi era inexistente en la vida cotidiana.

En el mes de mayo, al llegar el medio día, con el calor las ovejas ya se amorraban y ya no comían, por lo que había que madrugar bien para sacarlas a pastar, por la noche se guardaban en lugares conocidos como “ARENES”; era este un cerrado con una o por lo general varias casas para guardar los animales y protegerlos de las tormentas de granizo ya que depredadores como el lobo no eran frecuentes ni conocidos en esas latitudes.

Si había algún lugar de arboleda lo apropiado era llevarlas allí a la sombra pero si no había los animales se quedaban en un estado de standby, inmóviles como esculturas, protegiendo sus cabezas del sol colocándolas cerca del suelo y apoyándolas en sus compañeras como por debajo de la tripa, formando todas ellas una piña.

La ren o “arrén” era un cerrado construido de piedra sin argamasa de una altura algo superior al metro. Mientras los animales permanecían en ese lugar hacían allí sus necesidades convirtiendo el suelo en una magnífica tierra de abono, en esa parcela cerrada por la valla de piedra, las ovejas hacían allí sus necesidades y de esa manera convertían la tierra en abono, muy apreciado para el cultivo, creo que a esa basura se le llamaba “chirle”, abono que llegando esa fecha de la plantación se distribuía por los campos de siembra.

Ya por la tarde cuando el sol iba de “capa caída” de nuevo se sacaban de la ren a pastar hasta que llegaba la noche.

Estas casillas o “arenes” estaban construidas en lugares estratégicos y ricos en pasto, entre ellas se puede citar “Las casillas de La Roza, las de Matavelasco, las de Valdecabanillas o Las de las Tiesas”, hoy todas ellas sin tejado.

Muy recientemente me comentó uno de los últimos vecinos que resistió viviendo en Alcorlo hasta el último día, que pocos años antes del desalojo de los últimos habitantes y probablemente algún responsable de la construcción de la presa ordenó desmontar los tejados y trasladar la teja hasta el Ayuntamiento, lugar donde después se distribuiría posiblemente por algún almacén de materiales de construcción, y lo más dramático es que fuera para enriquecimiento personal en vez de para la comunidad de Alcorlo, la realidad es que NINGUNA de esas construcciones hoy tiene teja alguna puesta en su lugar.

Las tormentas eran muy frecuentes en el mes de Mayo, en cuanto se formaba una nube ya podías recoger el ganado y protegerlo en las casillas… me contaba un pastor de aquellas fechas. Alcorlo era muy propenso a las tormentas, cuando se formaban unas nubes en “Cabeza Redonda” al rato ya había títeres, posiblemente al estar ubicado en una hondonada era propicio para ello.

LA FERIA DEL GANADO.  La feria más cercana del ganado era el 16 de junio y se celebraba en Hiendelaencina, allí se llevaban principalmente el ganado ya viejo, el que su ciclo de reproducción había caducado, allí acudían principalmente de los pueblos colindantes, Bustares, Villares, Zarzuela, Robledo de Corpes, etc, lo mismo bajaban cabras que ovejas, durante ese día allí se reunía multitud de personal pero eso no evitaba que a veces te tuvieras que volver con las ovejas caminando de nuevo al pueblo.

CONTINUARÁ…  Mayo 2022