Pelegrina, Matillas, Alcorlo, 2024

PELEGRINA MATILLAS ALCORLO 2024.  Aquí puedes descargarte el PDF

PELEGRINA, MATILLAS, ALCORLO, 2024. 16 de noviembre de  2024. Bien claro tengo que hay algo, llamémosle Ente, Universo, Dios o “el hijodelgrandísimaputa”, que dirige y/o gobierna nuestras vidas, porque de lo contrario hay mil cosas, casualidades, que de otra manera no te puedes explicar el por qué suceden, el por qué un sucesivo y determinado número de acontecimientos _que coinciden en tiempo y lugar_  y que acaban con generar y provocar, en la mayor parte de las veces, el problema.
La gran cuestión es que a día de hoy no conseguimos encontrar qué es y por qué sucede lo que sucede y cómo sucede; nos faltan herramientas para comprender qué es y porqué actúa así; convencidísimo estoy de que “algo existe” porque de lo contrario sería imposible que solamente a la casualidad como tal le resultaría de difícil a imposible conseguirlo.
Uno de los proyectos que rondan por este escritorio y ordenar y relatar cuantos casos de este pelaje he ido recopilando a lo largo de la última década, por supuesto que todos ellos fueron casos reales.
Este relato de hoy es otro caso más que parece confirmar mi teoría de que cuando las cosas tienes que pasar… pasan, independientemente de lo que tú luches por ello.

Ayer estuve en Pelegrina sin que yo hiciera mucho por la labor de llegar allí, al acostarme la noche anterior había descartado totalmente ir a visitar aquel lugar en esta temporada de otoño, porque ya me temía yo que las hojas de la arboleda de aquel barranco ya estarían por los suelos, como así me encontré, pero mira por donde di allí con mis pies. Además sin saber a qué ton ni son el día anterior comenzó a dolerme una zona por debajo de la rodilla izquierda y eso fue ya la nota que falta para descartar cualquier proyecto de salir a patear campo. Con el mismo dolor que me acosté me levanté, así que le di alcohol de romero y un poco de Voltadol (por si resultaba) y me puse en marcha como cada día, olvidándome de rutas más que las necesarias de cada día por las cercanías del pueblo.

Resulta que mi mujer tenía ese día una excursión del club de lectura a Jadraque, allí estarían durante todo el día. Mira por donde a las nueve de la mañana llama a mi teléfono Araceli, amiga de mi mujer, preguntándome donde estaba mi mujer, mi mujer en ese momento seguía en la cama más dormida que el colchón; resultó que al parecer, su móvil se apagó durante la noche (estando en modo carga) y como nada ni nadie la despertó a tiempo para ir a coger el autobús hubo que recurrir al teléfono, por si hubiera surgido un problema importante por el que no acudiría a dicho evento.
Mi hija opinaba que el autobús y su gente la esperara _parece que estuviera acostumbrada a que todo el mundo la espere_ pero mi mujer dijo que se marcharan y que ella por su parte suspendía la excursión, luego mi hija dijo que la llevara yo, total hasta Jadraque tampoco hay tanto.

Y así lo hicimos, a las nueve y media partíamos para Jadraque, perro incluido, porque al animalito no solemos dejarle solo en casa durante mucho tiempo porque ladra a cualquier cosa que se mueva o que se escuche por la escalera o por la calle.

A las diez y media dejaba a mi mujer en la puerta de la Iglesia de Jadraque, allí ya se veía bastante actividad de excursión y además conocía a varias personas del club de lectura, una vez resuelto el asunto de la excursión volví cerca del puente que cruza el Henares para tomar una foto a contraluz al castillo, en ese momento había nubes y el sol estaba medio oculto.

Francamente a esa hora del día no tenía claro si acabar en Pelegrina porque me parecía un viaje un tanto largo pero sobre todo sin mucha ilusión por visitar, el móvil decía que había 32 km, pero 32 km cuando se te hace cuesta arriba por falta de ganas son muchos kilómetros y mucho rato. Realmente no me apetecía meterme en un barranco, prefería subir a una montaña (a pesar del dolor de la rodilla).

Tomé ruta dirección Pelegrina con la firme esperanza de encontrar “algo” por el camino que me hiciera parar la furgoneta, coger al perro, cargar con la mochila y patear el campo pero a la chita callando llegamos a Pelegrina, eso sí, me pasé el cruce porque no hay señal informativa antes de llegar y cuando la ves ya es demasiado tarde, di la vuelta a la entrada de Sigüenza y chinpum.

Tal y como me temía se me hizo el camino eterno, tanto fue así que llegando ya a Sigüenza pensé que me había pasado el cruce de Pelegrina de largo, sin verlo, y pensé: “pues a otra cosa mariposa, ya no vuelvo a buscarlo” y al instante mi cerebro pensó en “recalculando ruta”…

El aparcamiento en Pelegrina es una explanada que antiguamente serían las eras de trillar, en ese momento estaba lleno de coches porque no se puede entrar al pueblo con vehículo, cerca de treinta coches había por allí.

En vez de bajar caminando al pueblo y con ello al rio (como hace todo el mundo con dos deditos de frente) opté por subir al monte (al poco monte que quedaba por subir) y bajar en línea recta al barranco. Al poco de comenzar el descenso tomé esta primera foto ¡con el tele 200mm al máximo, por supuesto).

El perrillo y yo nos pusimos a descender y ¡En qué hora!  Veía que no podía conseguirlo. El Sugus amarrado con su correa, buscaba el mejor camino para él, de vez en cuando ayudando dándome pequeños tirones, la pendiente brutal, el piso en mal estado, además de la inclinación del terreno, que lo componían en parte roca más o menos resbaladiza con piedras como nueces, que deseando estaban que las pisaras y resbalaras para joderte un tobillo o que poco más y bajaras dando vueltas como un saco de patatas hasta la orilla del rio; la pendiente por donde bajamos se las trae, allí ¡una y no más Santo Tomás”, en fin, que un rato después llegamos sin novedad al fondo del barranco.

Me alegró ver a una perdiz que se arrancó cerca nuestro en el punto más alto y que planeando pasó al otro lado del barranco, pasó como si fuera un halcón, sin mover ni una pestaña, ¡como para seguirla con la escopeta, ni con un fusil! Desde aquel punto más alto bajamos por donde vemos en la foto.

 

 

 

Ya al lado del rio surgió la duda, si ir rio abajo o rio arriba, opté por arriba. Las orillas del rio están intransitables, lo más enredado que he visto en muchos años, traté de caminar cerca del agua y ante la imposibilidad por varias veces no pude encontrar la manera de regresar fácilmente al camino. Por allí había una pareja de jóvenes haciendo fotos al agua, no los conocía y ni nos saludamos.

Poco después llegamos hasta el panel informativo que habla de Félix Rodríguez de la Fuente, en ese momento había allí una familia informándose, “que si aquel lugar fue un escenario de cine” y tal y tal, por detrás del grupo pasé de largo lentamente y no pude reprimir unas lágrimas recordando a su persona y es que a Félix, ¡lo tengo en los altares!

y me amargan las hieles y reconcome el alma recordando su trágico final, con más luces que sombras, de si fue un accidente premeditado o simplemente el destino a lo que hacía alusión al comienzo de este relato.

Había algunos senderistas recorriendo el camino, a decir verdad pocos, me esperaba encontrar más, lo más seguro es que anduvieran rio abajo hasta Aragosa.

Al llegar cerca de la catarata el camino te obliga a cruzar el rio mediante unas pasaderas, pero no pasé, era ya casi la una y debería comer algo, así que regresamos sobre nuestros pasos un centenar de metros para acometer la subida del cerro hasta llegar casi a la carretera.

Por el camino me crucé con la misma familia que al comienzo de la ruta empezamos juntos y el señor, de mi edad o más joven, me preguntó si era yo quien habían visto en lo alto del cerro al comenzar su ruta, y cuando le dije que subiría por aquella pendiente se quedó boquiabierto, el hombre tenía un poco de sobrepeso pero se ve que no suele transitar muchos los campos; no quise entretenerle entrando en detalles contándole que tenía que joder el colesterol y la glucosa que, sobre todo la glucosa me comienza a preocupar.

Momentos antes de comenzar la ascensión tomé estas dos fotografías casi a la vez, fotografías que me parece fueron las mejores del día, aunque sean simplonas y no se interpreten bien a golpe de pronto.

A  media cuesta, a diez minutos de comenzar la subida, paramos a tomar algo de fruta y un quesito fresco de tarrina y dos de gelatina, un kiwi y poco más, se me olvidó echarme la botella de agua que me había venido muy bien, algo de jugo saqué de todo ello para continuar de buena manera el resto del camino. El perro no necesitaba agua, ya había bebido en el río Dulce.

Sin mucho esfuerzo llegamos al coche, podría decir que salvo al principio del descenso que, detecté que mis rodillas estában un poco en baja forma, el resto fue un “paseo militar”, para mantenerlas en forma tengo que seguir machacando con la máquina de subir escaleras un rato cada día.

Estando arriba del todo vi un castillete como a diez km, le hice una foto muy chula, teniendo delante el mirador de Félix con un par de sujetos apoyados en la valla. La suerte (mala en este caso) y las casualidades, hicieron que mientras cambiaba el objetivo por el tele, (operación que realicé en menos de cuarenta segundos), las personas desapareciesen del lugar, dejando una foto muy simplona. La torre del fondo era la Torresabiñán.

Abajo una foto del barranco tomada a media altura. Al fondo, apenas si se aprecia, la Torresabiñán. A continuación vista de los restos del castillo de Pelegrina.
Allí en el aparcamiento de Pelegrina, en la furgoneta, comimos a medias el Sugus y yo, procuro comer o descansar en un lugar tranquilo pero el reloj me apretaba en el culo.

Diez minutos después emprendimos la marcha hacia no sabía muy bien dónde; una idea era ir a Atienza pero se tardaba media hora y tampoco me apetecía mucho ir por allí porque había demasiadas nubes y parecía que iban en aumento, amén de que ya me conozco aquellos parajes y no me resultan muy fotogénicos.
Finalmente opté por volver hacia atrás e ir a Matillas la Vieja y a la fábrica de cemento abandonada.
Al poco de salir de Sigüenza y buscando un lugar para acabar de comer di con un lugar apropiado, muy cerca de la carretera aparqué.
Entre bocado y bocado divisé entre los matorrales una especie de atalaya y pensé: “Ahora en un ratito voy a ver qué me aguarda por allí”.
Me preparé un café en un cazo, con la misma técnica de hace doscientos años, que es cocer el café y dejarlo reposar.
En una mano la Canon 6D y en la mochila la Nikon 810 con el objetivo blanco y el gran angular.
Desde la parte más alta de la colina, vi por detrás de la atalaya restos de construcciones de casas, claramente fue un poblado que, en la parte superior de la colina tenía una piscina natural como reserva de agua.
Dos corzas con su culera blanca como la nieve surgieron de repente, menos mal que el Suguitos en ese momento estaba entretenido buscando una piedra que le solté entre unos matorrales para que no molestara mientras tomaba las primeras fotografías, de haber visto a los corzos puede que aún siguiera corriendo detrás de ellos.

Nada interesante que fotografiar en aquellas ruinas de las que no quedan ni vigas de madera podridas, es posible que lleve sin habitantes más de ciento cuarenta años.
Cuando volvimos de la excursión el café me estaba esperando, pero se ve que se cansó de ello y se puso frío.

El poblado seguro que está en el libro de los despoblados de Guadalajara de Yuberos pero en este momento no sé ponerle nombre. Hice alguna foto pintona del lugar, a veces el sol quería salir aunque débilmente.

Sobre las cuatro tomamos ruta otra vez hacia Matillas, primero me acerqué hasta la fábrica de cementos pero no encontré lugar apropiado para aparcar, el cielo estaba cada vez más oscuro y no era forma de sacar un paisaje sin contrastes, con las mismas di la vuelta y subí a Matillas la Vieja, ya sabía yo que la espadaña de la Iglesia se había caído el año pasado.

Sin mucha novedad en el lugar tomé el gran angular en su Nikon y la Canon con su 24/105 y sin prisas tomé algunas fotos del pueblo y detalles de las técnicas de construcción de aquellos años. En el cementerio no encontré tumba alguna aunque me suena que en el 2020 había dos, la hierba de casi un metro de altura no dejaba ni poner los pies en el suelo.

Traté de hacerme unas fotos con el Sugus, para recordar aquel día, pero como no puse formas aparentes salió lo que salió.

Con esta colección de fotografías y con otras más de otros lugares también abandonados creé un vídeo titulado «Piedras con Historia», ese vídeo tuvo bastante aceptación, parece que gustó lo suyo.

De allí ya con menos de una hora de sol salimos para Alcorlo, al pasar por Jadraque hice parada obligada en el camino que sale de Jadraque hacia Bujalaro, en ese momento el castillo mostraba un bonito contraluz, con una línea recta de nubes por donde el sol quería salir, de hecho un rato después salió de aquella manera. Mientras llegaba a La Toba hice varias fotos al cielo porque estaba muy vistoso.

Llegamos a Alcorlo a las seis y cuarto, ya no había sol y la luna aunque estaba saliendo en ese momento (estaba en fase de llena) no se veía por los nubarrones, aún llegué a verla un poco antes de venirnos.

Me puse a merendar unas frutas y en ese momento llegaron Silvio y Viky, conversamos durante unos minutos porque les quedaba viaje como para dos horas, nada importante que recordar.

Traté de relajarme en aquel lugar, no había prisa, el tiempo era bueno, tomé una foto a las dehesas con el tele para ver el estado de los robles, ahora sí que tenían buen color y no la semana pasada, una lástima; aunque ya era casi noche se puede apreciar bien ese detalle en la fotografía.

Recordé que hace unos días le comenté a Gloria que debíamos colocar unas piedras en la calle para que los vehículos no lleguen a pegar un porrazo a las hincaderas ni a Polaris, así que tomé unas piedras de tamaño de balón grande que había por allí y otras dos del mismo tamaño que traje de los alrededores y las coloqué de forma y manera que no puedan pasar los coches ni siquiera a través de los árboles haciendo zigzag.

Traté de cerrar el día con una fotografía nocturna del entorno de la Ermita y me salió esto. La iluminación fue a partes iguales por los autos que pasaban por la carretera y con mi micro linterna, sobre todo para que se pudiera leer el cartel de ALCORLO. Y colorín colorado esta historia se ha acabado.

Fue este otro día más para recordar, un día que salió así porque al parecer “tenía que salir así”; de todo ello no había nada planificado para ese día, fue otra salida fotográfica más, sin otra motivación más allá de pasar un día de campo disfrutando de la naturaleza y de cuanto animalito vive en ella, de la tranquilidad de la noche, etc; fue un día sin grandes sobresaltos de esos que te dejan “sin gota de sangre en los bolsillos”.

Sí fue ese un día en el que disfruté con esta afición que a veces genera adición y que incluso puede llegar a pasión, de esa necesidad, a veces, que tiene el fotógrafo de naturaleza, de no necesitar más compañía para hablar con “alguien” que la de su perro.

Agustín y sus cosas. alcorlopantano.com

 

 

 

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