Capítulo 005  Querida Libertad, Los latigazos.

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Decía en otro capítulo que no me gusta ver a los animales atados pero como no dejan de ser “animales” hay que llevarlos controlados. Yuco no era un perro obediente ni en esas fechas ni a lo largo de su vida, no era de esos perros que les das una voz y por el tono ya saben lo que tiene que hacer, el Yuco se pasaba por el forro “las voces y los tonos”.
Se me pasó por alto el tema de su nombre, en el capítulo 001 hablaba de la gatita “Yuca” que no pudimos tener más que unos días así que para encontrar un nombre para el perro no perdimos ni un solo minuto ya que todos coincidimos desde el primer instante en que fuese “YUCO”.
Decía también que nunca pensé que un animal respondería a su nombre pero me equivoqué, a los pocos días de comenzar a pronunciar su nombre me tuve que tragar mis pensamientos porque el animal cuando lo escuchaba al menos miraba, yo estaba alucinado, al principio pensé que eran casualidades, pero no, también creía que sabía cosas de animales pero tampoco….
Una cosa es mover la cabeza cuando escuchaba su nombre y otra cosa es atender a la voz de “ven aquí” esa orden Yuco nunca la ejecutó ni en los primeros días ni a lo largo de su vida, creo que se hacía el sordo y muchas veces lo hemos comentado, pasaba olímpicamente de mi o de cualquiera que le llamase.
Con la experiencia de todos estos años paseando perro he pensado en la irresponsabilidad que cometía al principio de tenerlo, lo soltaba aun siendo de noche y lo perdía de vista en la oscuridad quedando totalmente fuera de control pero lo bueno que tenía es que apenas había perros en el barrio y no había mucho peligro que se pegara con otros, luego al poco rato me buscaba apareciendo desde la oscuridad y nos volvíamos a casa.
Fue una tarde de esas primeras semanas en las que el perro estaba suelto cuando decidí que ya se había acabado el tiempo del paseo pero él no tenía intención de que le pusiera la correa, yo con mucha paciencia y sin voces ya que entiendo un poco de animales, me iba acercando llamándole pero él (no entiendo o recuerdo el por qué) se iba alejando cada vez más, si yo me paraba él hacía lo mismo, si yo trataba de acercarme él comenzaba a trotar con ese “trote gorrinero” ni despacio ni deprisa pero que te obliga a correr, el caso es que cada vez era más la distancia que nos separaba.

En una ocasión llegamos a pararnos, yo con mucha paciencia y sin voces me iba acercando y llamándole con un tono suave pero él arrancó con su trote gorrinero y cada vez estaba más lejos, si yo me paraba él más aún se alejaba porque cuando se llegaba a parar tardaba en hacerlo (por seguridad) por lo que la cosa se me complicaba por momentos.

Si hubiera caminado en dirección al campo no habría habido ningún problema porque con paciencia, “buenas palabras” y tiempo se hubiera solucionado el problema pero es que nos dirigíamos hacia ¡el centro urbano!, concrétamente hacia la carretera principal que cruza el pueblo y que tiene muchísimo tráfico.
Yo con mi afán de impedir que llegase a esa carretera porque me temía que sería milagroso de que un coche no le pegara una ostia a lo que no sabía que era mejor si que lo matara o de que lo dejase de “cualquier manera” corría cada vez más rápido, pero él al ver que me acercaba apretaba el paso, llegó un momento que él corría y yo “trotaba como podía”, en ningún momento pensé en superarlo solo trataba de no perderle de vista.

Cruzamos la avenida principal del pueblo a la misma distancia de separación entre ambos que cuando comenzamos la carrera, por suerte no había coches en ese momento circulando. A veces yo aflojaba la marcha a ver si él hacía lo mismo pero ya sabemos cómo corren los perros con su tran tran y mirando de reojo  torciendo la cabeza izquierda y derecha para tener controlado el perseguidor el caso es que con la paliza que ya llevaba  me iba sacando distancia entonces como vi que eso parecía no tener final porque el animal estaba asustado y no era cuestión de seguir corriendo más opté por aflojar paulatinamente la marcha, a veces le perdía en los cruces de calles pero milagrosamente y por los pelos lo volvía a localizar a punto de girar en la siguiente esquina.
El perro supongo que no por cansancio si no por instinto debió de preguntarse ¿dónde estoy? ya que en ese barrio no habíamos estado nunca  y poco a poco fuimos aflojando la marcha y conseguí acortar la distancia que nos separaba y vi que el perro tenía miedo más que otra cosa y por eso huía así que con paciencia me fui acercando hasta que le puse la mano encima.

En ese momento yo estaba que se me “salían los bofes por la boca” ¡qué paliza me había metido por el puto perro! Yo no estaba entrenado para esas carreras así que en cuanto le eché la mano al arnés no pensé ni por un momento en sujetarlo con la correa y volver caminando a casa porque un momento después iba a descargar toda mi ira contra él.
Decía que en cuanto le eché la mano izquierda al arnés lo levanté hasta la altura necesaria para no tener que agacharme y con la correa doblada le metí tantos latigazos hasta que me dolió el brazo, le daba palos como si estuviese limpiando una alfombra, ¡quién me iba a decir a mí que cuando le daba aquellos correazos _arrepentidos durante muchos años_ después lloraría por su pérdida…

El animal trataba de protegerse elevando las patas trasera todo lo que podía para protegerse la barriga aunque yo le daba en el lomo y costillas, no soy tan cabrón, pero yo le zurraba con ganas y bien que chillaba, yo descargaba mi ira dándole correazos y gritos, parece que en algún lugar yo había entendido que a los animales hay que enseñarles “quien es el que manda” pero no de esa manera como se comprobó poco tiempo después en otra fuga parecida.
Pero no sufras por el perro, amigo lector, que no le metí ostias durante mucho tiempo, no porque no me hubiera gustado ya que tenía la ira que “me rebosaba por las orejas” sino que entre por otras razones tenía una paliza física por la carrera que me tiritaban las piernas y los brazos de sujetar al perro en el aire y de darle correazos.

Después de este episodio que no quería ni recordar ordené que “no se le soltara bajo ningún concepto en mucho tiempo” ya había tenido yo buen susto imaginándomelo atropellado o moribundo.

Como soy un blandengue y no me gusta ver a los animales enjaulados o atados que al fin y al cabo bien  siendo parecido al poco tiempo “se me olvidó el susto y VOVÍ A PERDER EL PERRO.

En menos de un mes volví a perder al perro de una manera parecida, era después de comer,  quizás porque tenía la costumbre de que cuando veía un perro aunque fuese a doscientos metros tenía que ir a saludarle que para eso gastaba poca “pereza”, no recuerdo ni como ni porqué el caso es que al verme “perdido” ante la situación llamé con el móvil a casa para que bajaran y me echaran una mano. Dimos mil vueltas por las calles preguntando a todo el mundo ¿ha visto un perro negro pequeño suelto?  Nadie lo había visto.

Mi mujer, David y yo pateamos durante una hora medio pueblo sin obtener resultados, una y otra vez ¿ha visto un perro negro pequeño suelto? No no no y no…. Ya desesperados y sin saber qué hacer nos dirigimos David y yo que habíamos coincidido en la misma calle rumbo a casa cuando al cruzar una calle lo veo que venía en dirección hacia nosotros pero muy lejos; le digo a David ¡mira donde está! venía caminando por la acera, despacio, como una personita mayor ¡ay qué alegría sentí! Le di un grito ¡¡¡¡YUCCOOOOO!!!  El animal al contrario que la vez anterior que al escuchar su nombre aceleraba el paso esta vez se quedó “clavao en el suelo” y se arrimó a la pared como protegiendo ese lado de su cuerpo de la lluvia, temía que le iba a llover otra tormenta de correazos, creo que aún recordaba el episodio anterior que no estaba muy lejano.

El animal se quedó totalmente parado y arrimado a la pared esperando su sentencia, no dio ni un paso, nosotros nos acercamos lentamente para que no se asustara; David decía: ¡no le pegues..!. Yo a diferencia de la vez anterior no llevaba ira porque sabía que la culpa no era del animal sino mía así que le enganché con la misma correa corta y gruesa de la otra vez y nos fuimos caminando los tres para casa, yo comprendí que pegando no se solucionan las cosas y el recordó que escaparse no traían buenas consecuencias.
La vez anterior fue la primera y última vez que castigué a mi perro pegándole y a día de hoy sigo arrepintiéndome por ello.

A veces hemos pensado que la causa de que acabara recogido en una perrera pudo ser por ese tipo de comportamiento, sus anteriores dueños pasarían de buscarlo, quizás no sería la primera vez que se les escapara y también ya estarían hartos de sacar perros a pasear. Muchas veces a lo largo de su vida nos hicimos la misma pregunta ¿Cómo puede ser que un perro “tan bueno y tan bien adiestrado para estar en casa” no se mataran los dueños por localizarlo? Nunca lo comprendimos, si se nos hubiese perdido alguna vez no hubiera habido segundo perdido para localizarlo.

La foto de la cabecera es un autorretrato con la cámara temporizada en el suelo. gracias por llegar hasta aquí. alcorlopantano.com

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