Capítulo 021. Mi perro Manolo.

De este animal recuerdo varias cosas y casi todas tristes, desde la paliza que le pegaron que casi le costó la vida a las perrerías que le hacían algunos jóvenes, después el traslado a otro pueblo y finalmente el abandono y muerte. ¡Hasta para ser perro hay que tener suerte en la vida!
Del primer perro que hubo en la casa de Alcorlo apenas tengo recuerdos, era una perra de tamaño mediano, mi padre practicaba la caza y toda su vida tuvo algún perro de los que contaba mil hazañas persiguiendo o recuperando las presas. Perros que eran capaces de capturar una pieza sin necesidad de escopeta o hacerse con una liebre de tamaño superior en peso.
Parece ser que aquella perra tenía algún problema en los órganos reproductores y andaba manchando de sangre los lugares donde se tumbaba así que mi madre le sugirió a mi padre que le diese solución, quizás un cartucho acabase con su vida pues la muerte en el pozo “Del Campronal” sería más larga e inmerecida para un animal al que tantas piezas le cobró.

Y llegó un nuevo perro, joven, de los que hay que adiestrar para la caza. Según mi padre los perros son más “zoquetes” para aprender a cazar, mientras que las perras en medio año se las apañan bien los perros tardan el doble.

No he visto animal que se alegrara tanto y diera tantos brincos de alegría que “el Manolo” cuando mi padre se colgaba la canana y echaba mano a la escopeta, era arrimarse al rincón de la cocina donde estaban colgados los aperos de caza y el perro se volvía loco de alegría, solo le faltaba hablar para dar las gracias.
Ni mucho menos con esa intensidad pero el Yuco se ponía “nerviosito perdido” siguiéndome los talones cuando me veía preparando las bolsas de las cámaras y los trípodes a primera hora del día, ya suponía que ese día se llamaría “campo” ¡cómo me recordaba al Manolo!

El nombre del Manolo le vino del nombre de un gran amigo de mi padre al que apreciaba mucho, el nombre no se lo pensó: igual que el de su amigo.

En mis múltiples salidas de caza con mi padre no recuerdo que el Manolo tuviera ninguna tarde de gloria, mi padre lo comparaba con otros perro/as que había tenido y era la noche y el día, este era un flojucho.

Yo era tan delgatido que recuerdo haberme montado a caballo sobre sus lomos y el animal aguantaba mi peso, era como hacer una gracia ante mis amigos o familiares, el perro era tan dócil que ni se molestaba lo más mínimo y se quedaba inmóvil clavado de patas.

En aquellas fechas los perros poco se parecían a los de hoy en sus actividades, andaban siempre deambulando por las calles hasta que el amo salía de caza o al campo pero nadie se preocupaba de nada más sobre el animal.

ALTERCADO CON OTRO PERRO. Allá por 1970 las calles de  Alcorlo se llenaban de veraneantes, bien de los hijos que se habían ido a vivir a la ciudad o bien por los domingueros que pasaban el finde acampando en el río.
Recuerdo que llegó un señor con un pastor Alemán, no era muy frecuente ver llegar a gente con perros, los perros del pueblo andaban todos sueltos y a su bola, la jerarquía entre ellos estaba estabilizada y no había peleas más que las necesarias.

Pues eso que llegó un señor con su perro y el Manolo se enzarzó con él a mordiscos. Duró más bien poco la pelea porque el Alemán iba preparado para la “guerra” portando un poderoso collar con clavos, el Manolo cuando pudo zafarse del adversario salió corriendo mientras que el dueño hacía alarde de lo poderoso que era su perro, creo que el Manolo era la primera vez que se veía un perro de esa raza.

Cuando se enteró mi padre del percance le sentó tan mal aquel gesto que tardó “cero coma” en que el Manolo luciera un collar similar al que tanto daño y sangre le hizo derramar. Esa fue la primera vez pero mi padre supuso que no sería la última, que algún día volverían perro y dueño por el pueblo pues se trataba de un pariente de Alcorlo.

Y así pasó, en la siguiente visita del Alemán al pueblo ya se estaba enzarzando con el Manolo que estaría tumbado por la plaza. Como se la tenía jurada y los perros no atienden a razones sino al instinto y el mío debía de tener “poca memoria” y habría olvidado fácilmente sus heridas se liaron a mordiscos igual que lo hicieran la vez anterior pero ahora parece ser que el que no se cansaba de dar mordiscos y patadas era el mío… Su dueño al ver que a su perro le estaban dando “la del pulpo” en cuanto pudieron separarlos quiso ir a buscar a mi padre para pedirle responsabilidades por los daños que había sufrido su perro… No recuerdo mucho más, todo debió quedar en palabras y esa anécdota que podría resumirse en: Cuando jugamos con ventaja y somos nosotros quienes damos los palos somos “mu machotes” pero cuando la ventaja se pierde y nos toca recibir esos palos ya no nos gusta tanto…

Una mañana de la que “no quisiera acordarme” apareció el animal en la puerta de la casa emitiendo pequeños chillidos de dolor y sin apenas poderse mover, la cabeza hinchada, ensangrentada y con un fuerte golpe en la parte alta que le había separado el cráneo. Con mucha paciencia _porque el animal apenas podía moverse_ mis padres lo pasaron al interior y lo curaron como pudieron.

¿Qué había pasado? En el pueblo había un lugar cercano donde el carnicero enterraba los restos de los animales, intestinos, huesos, cuernos, etc. Era un lugar que no estaba vallado por lo que allí entraban perros y gatos con mucha frecuencia. El carnicero y sus operarios se molestaron porque los animales desenterraban los restos de animales y eso les causaba más trabajo hasta que le prepararon una encerrona a los animales que entraban allí entre ellos el Manolo que fue el único que yo recuerde que llevó paliza.

Allí lo pillaron entre varios y le metieron palos hasta que se hartaron, dejando al animal al borde de la muerte.

Mi padre indagó a ver qué había pasado y quienes fueron los autores pero no pudo hacer nada, no había pruebas, nadie había visto nada e incluso había algún familiar implicado y dejó que las cosas pasaran, en definitiva no era más que “un perro”. Si hubiera sido hoy los “malnacidos hubieran pasado por la cárcel”.

Muchas veces escuché a mi madre la expresión “ha tardado igual que una persona en curarse, 40 días”, le quedó un bulto en la cabeza (entre las orejas) de la soldadura de los huesos del cráneo. Después de ese tiempo el animal recuperó de nuevo su vitalidad pero a mí nunca se me ha olvidado aquella paliza y ya que confío mil veces más en la justicia DIVINA que en la humana espero que en esta vida paguen aquella acción y no tengan que esperar a “la otra”.

No contentos con aquella obra _aunque esto pudiera haber sucedido anteriormente cosa que no recuerdo y no tiene mucha importancia_ al mismo perro le gastaron otra broma supuestamente por los mismos autores.

Resulta que mi padre había observado que el perro llevaba unos días que se ponía a orinar levantando la pata sin embargo no arrojaba ninguna gota de orina a la vez que parecía que estaba más gordo. Menos mal que se le ocurrió mirarle al pene y retirarle la piel hacia atrás, resulta que cuando estaba apareado con una perra los individuos le habían atado una cuerda fina a su alrededor provocándole un estrangulamiento en el conducto urinario. Mi padre siempre llevaba navaja encima y con mucha paciencia tuvo que hacer de cirujano… Repito lo mismo de la justicia DIVINA.

Llegó la hora de irse de Alcorlo, el cierre de la presa ya era inminente, mis padres pensaron que el perro no era útil en la ciudad por lo que ¿para qué lo querían o necesitaban? Así que se lo regalaron a un familiar en un pueblo distante a 28 km, La Torre de Cendejas, creo que fue el mismo que lo llevó de cachorro.

El camino no puede tener más curvas y barrancos hasta llegar allí.
No recuerdo ninguna sensación del día que se lo llevaran, solo que era un seat 850 pero sí del día que se escapó de nuevo a su hogar, todos nos quedamos alelados de ver de nuevo al perro en Alcorlo ¡qué alegría ver de nuevo “al Manolo” cuando ni se me había pasado por la cabeza que eso podría suceder!, como tampoco pensé ni por un momento que volverían de nuevo a por él como así pasó. Yo tenía 13 años.

Resultó que su nuevo dueño lo mantuvo atado varios días para que se acostumbrara a su nuevo ambiente pero parece ser que en cuanto se vio libre salió corriendo para Alcorlo. Parece ser que tardó un par de días.

Unos días después allí se presentó de nuevo el seat 850 para llevárselo… fue la última vez que lo vi porque a los pocos días nos marchamos a vivir a la ciudad.

Según nos contaron los que todavía quedaban viviendo allí el Manolo se volvió otra vez pero ya no estaban allí sus dueños así que como Alcorlo estaba ya en las últimas y solo se respiraba “muerte y desolación” por
todas partes el perro anduvo deambulando por las calles unos cuantos días hasta que por tercera vez apareció el seat 850.

No hubo un cuarto regreso a Alcorlo porque según oídas el perro no se acostumbró nunca a su nueva vida y acabó recibiendo un disparo.

Fotografía familiar en la puerta de la casa. Solo existen estas dos fotografías del animal.

Muchas gracias por llegar hasta aquí, si crees que a alguien le puede interesar no dudes en compartir. Agustín y sus cosas.

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