El Perrizorro

La otra noche al encender las luces de la furgoneta, en mitad de una tremenda llanura, después de llevar más de una hora y media en ese lugar fotografiando la Vía Láctea, ante la oscuridad de la noche más absoluta y ver cruzar a escasos metros por delante de la furgoneta un zorro con una magnífica pelliza no puede por menos que preguntarme qué hacía allí ese animal tan cerca de mi, e inmediatamente pensé en cómo sería su supervivencia en aquel entorno tan desfavorable y como se arreglaría para cazar en aquella tremenda oscuridad, sentí pena por él pero un paisano del pueblo me despejó todas las dudas al contarme la siguiente experiencia vivida por él sobre la década de los años 60.

Estando viviendo en Alcorlo una mañana poco antes de amanecer se despertó porque las gallinas tenías mucho alboroto, se acercó a la ventana y aunque apenas había luz pudo ver como un zorro estaba apareándose con su perra que andaba en el gallinero. Mientras se vistió y bajó al corral el zorro ya había acabado su faena mientras descubría que había escavado un agujero por debajo de la verja para visitar a su novia.

Mi paisano por aquella fecha no tendría más de quince años y le pidió a su padre que si la perra tenía cachorros fruto de aquel encuentro le reservara uno para él pues era algo nunca visto en el pueblo, algo que no se había experimentado anteriormente y no se sabía que podía salir de ese apareamiento, si un magnífico cazador o un tremendo depredador al que nadie pudo domesticar.

Entre los cachorros había uno que más parecía un zorro que un perro, la cola gorda, peluda y con la punta blanca, las orejas pequeñas y puntiagudas, nadie diría a golpe de pronto que era un perro sino un zorro.

A los pocos meses, parece ser que antes de lo “normal” el perrizorro ya dominaba el rebaño mejor que ningún perro de los que tenía el pastor, imprimía tal temor en los animales que antes de acercarse ya las ovejas y cabras huían. Su comportamiento con los humanos era dócil como el que más, parecía que el instinto de zorro lo había perdido en el corral donde fue concebido.

Una noche cerraron las ovejas en una paridera del monte con la puerta de madera y se les ocurrió dejar al perrizorro en el interior a lo cual comentó su padre: Dejadlo fuera que de nada va a servir encerrarlo.

Efectivamente, al otro día cuando llegaron para soltar las ovejas a pastar allí estaba el animal con tres conejos en la puerta, tres conejos a los que les faltaba a todos la cabeza ¿qué había pasado? Pues parece ser que el animal nunca perdió el instinto de cazador nocturno, la oscuridad para ellos no es un problema, es un aliado. Tenía la costumbre de cada noche salir a cazar y aparecer al día siguiente con alguna presa a sus pies esperando a su amo y no iba a permitir que una puerta de madera le cortara sus planes así que a dentelladas hizo un agujero y se escapó.

El animal vivió unos dieciocho años, sus últimos años por supuesto estaba ya exento de salir a cazar por la noche y los dientes los había ido perdiendo por aquellos montes de Dios, sus fuerzas ya no servían para correr detrás de nada ni de nadie y con seguir al ganado a su ritmo y comer de lo que se caía de la fiambrera se daba por satisfecho hasta que llegó el punto de inflexión, ese momento que te preguntas si es mejor seguir a ese ritmo tan lento o pegar un frenazo en seco y acabar cuanto antes con lo inevitable.

Y así llegó su día. Estando pastoreando en uno de los puntos más altos del entorno, los peñascos que forman hoy los laterales del muro de la presa, y observando la situación ya tan dramática del animal le pidió a su compañero de pastoreo que acabara con la vida de ese viejo compañero despeñándole por el acantilado. Como no es un acto que deje buen sabor de boca a nadie _si fuera al revés se hubieran peleado por la ejecución_ su compañero se negó, ¡yo no lo tiro, tíralo tu!

Mi paisano tomó al animal en brazos que probablemente se asustaría ya que no era muy de costumbre tomar a los perros en brazos como es tan habitual hoy o quizás presintiera lo que estaba a punto de sucederle pero me comentaba: “aunque el animal no tenía ni un solo diente se agarraba a la chaqueta y al jersey con las encías con todas las fuerzas que tenía”. Pero no le sirvió para nada porque unos segundos después ya no sufría más, ni sufría ni penaba, sencillamente ya no estaba entre los presentes, en el primer impacto quedó inmóvil en el suelo.

Al instante bajó a ese lugar otro perro, su compañero, como es natural a olisquearlo y ver qué había sucedido y si podía hacer algo pero… nada.

Allí quedó despanzurrado el “perrizorro”, en pocos días los buitres que se criaban en la zona y resto de rapaces le harían desaparecer, al momento su compañero regresó a su labor de cuidar el rebaño pero los cambios en el comportamiento en este animal se reflejaron al instante.

Desde ese momento, jamás, repito jamás, según dice mi paisano, ese animal se dejó tocar, ni acercarse a ningún humano, la comida se la tenían que dejar lejos, retirada de todos, nunca le perdía la vista a la gente, siempre en guardia, pendiente por si le sucedía lo mismo que a su compañero y es que los perros tienen “algo”, pudiera decirse sexto o séptimo sentido, lo que sea, pero cuando pasas muchos años con ellos te das cuenta y tú mismo eres capaz de verlo, algo que a día de hoy se escapa de nuestro entendimiento; ese animal ¡nunca! hubiera podido entender que la acción de arrojar a su compañero para evitar el sufrimiento pueda ser incluso pedido por quien padece una enfermedad o sencillamente por vejez y entonces me surge la pregunta clave ¿Quién tiene autoridad suficiente para decidir hasta cuándo o hasta cómo viviré o vivirás?

Como decía mi padre: Hay cosas o historias que era mejor no ver o conocer porque para dejarte tan mal sabor de boca y no quitártelas de la cabeza…

Y todo esto por comentarle a mi paisano que en Alcorlo, en el paraje de “Las Palomeras”, vi cruzar por delante de mi un zorro bien alimentado en mitad de la noche… Historias de Alcorlo.

Gracias por llegar hasta aquí. Si te gustó este relato no dudes en compartirlo. Agustín y sus cosas. alcorlopantano.com

2 opiniones en “El Perrizorro”

  1. Poco dice de tu paisano que teniendo un animal que le sirvió fielmente durante 18 años decidió despeñarlo. También es cobarde porque si no lo fuera le habría pegado un tiro y habría acabado mejor con el. Yo espero siempre más de la condición humana pero a veces es tremenda.

  2. Agustín, como siempre, un relato que llega al corazón. Lo mismo el zorro que viste era el fantasma de Perrizorro.
    Un abrazo
    Alcorlo for ever.

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