El Perrizorro

 

EL PERRIZORRO, Julio de 2018 rev 2026.  PDF El perrizorro marzo 2026

La otra noche (sobre las dos de la madrugada) tras arrancar el motor y encender las luces de la furgoneta, en mitad de una tremenda llanura y después de llevar en ese lugar más de una hora y media fotografiando la Vía Láctea, ante la oscuridad y silencio de la noche más absolutos, vi cruzar a escasos metros por delante de la furgoneta un zorro con una magnífica pelliza, no puede por menos que preguntarme qué hacía allí ese género de animal tan esquivo tan cerca de mí, e inmediatamente pensé en cómo sería su supervivencia en aquel entorno tan desfavorable para él y como se arreglaría para cazar y sobrevivir en aquella tremenda oscuridad, sentí pena por aquel animal y durante largo rato, mientras conducía, no podía pensar en otra.

Pocos días después, un paisano de Alcorlo me despejó todas las dudas, al contarme la siguiente experiencia vivida por él sobre la década de los años 60, en esos mismos parajes. Esta es la historia que he titulado como “El Perrizorro».

Estando este paisano viviendo en Alcorlo, una mañana poco antes de amanecer, se despertó porque las gallinas tenías mucho alboroto, se acercó a la ventana y aunque apenas había luz pudo ver como un zorro estaba apareándose con su perra que andaba en el gallinero. Mientras se vistió y bajó al corral a darle «matarile» el zorro ya había acabado su faena mientras descubría que había escavado un agujero por debajo de la verja para tener una fiesta con su novia.

Mi paisano por aquella fecha no tendría más de quince años de edad y le pidió a su padre que si la perra tenía cachorros (fruto de aquel encuentro) le reservara uno para él, pues sería algo nunca visto en el pueblo, algo que no se había experimentado anteriormente y no se sabía que podía salir de ese apareamiento, si un magnífico cazador o un tremendo depredador al que nadie pudo domesticar y hubo que liberarlo en el campo o probablemente darle matarile.

Entre los cachorros que nacieron de aquel encuentro había uno que más parecía un zorro que un perro, la cola gorda, peluda y con la punta blanca, las orejas pequeñas y puntiagudas, nadie diría a golpe de pronto que era un perro sino un zorro.

A los pocos meses, parece ser que antes de lo “normal”, el Perrizorro ya dominaba el rebaño mejor que ningún perro de los que tenía el pastor, imprimía tal temor en los animales que antes de acercarse a las ovejas y cabras estas ya huían. Su comportamiento con los humanos era dócil como el que más, parecía que el instinto de zorro en ese aspecto lo había perdido en el corral donde fue concebido.

Una noche cerraron las ovejas en una paridera del monte (precisamente cerca del lugar en el que vi aquel zorro) que tenía la puerta de madera y se les ocurrió dejar al Perrizorro que pasara la noche en el interior, a lo cual comentó su padre: «Dejadlo fuera que de nada va a servir encerrarlo».

Efectivamente, al día siguiente, cuando llegaron a primerísima hora del día para soltar las ovejas a pastar, allí estaba el animal con tres conejos en la puerta, tres conejos a los que les faltaba a todos la cabeza ¿qué había pasado? Pues parece ser que el animal nunca perdió el instinto de cazador nocturno, la oscuridad para ellos no es un problema, es un aliado. Tenía la costumbre de cada noche salir a cazar y aparecer al día siguiente con alguna presa a sus pies, esperando a su amo, y no iba a permitir que una puerta de madera le cortara sus planes, así que a dentelladas hizo un agujero en ella y se escapó.

El animal vivió unos dieciocho años sin enfermedades aparentes, sus últimos años (por supuesto) estaba ya exento de salir a cazar por la noche, los dientes los había ido perdiendo por aquellos montes de Dios, sus fuerzas ya no servían para correr detrás de nada ni de nadie y con seguir al ganado a su ritmo y comer de lo que se caía de la fiambrera se daba por satisfecho, hasta que llegó el punto de inflexión, ese momento que te preguntas si es mejor seguir a ese ritmo tan lento, tan degenerativo y tan inevitable que cada día que pase irá a peor, o pegar un frenazo en seco y acabar cuanto antes con lo inevitable.

Y así llegó su día. Estando mi paisano pastoreando en uno de los puntos más altos del entorno, (los peñascos que forman hoy los laterales del muro de la presa), observando la situación ya tan dramática del animal, mi paisano le pidió a su compañero de pastoreo que acabara con la vida de ese viejo compañero despeñándole por el acantilado.

Como no es un acto que deje buen sabor de boca a nadie _ aún a sabiendas que puede ser la mejor opción_ (si fuera al revés se hubieran peleado por la ejecución) _ su compañero se negó, ¡Yo no lo tiro, tíralo tú!

En un acto de caridad o misericordia, mi paisano tomó al animal en brazos, al verse en esa situación el animal comenzó a revolverse, ya que nunca se había visto en brazos de nadie, (no como en estos tiempos en los que los tratamos como hijos, hermanos o familiares de  nuestra propia sangre), quizás presintiera también lo que estaba a punto de sucederle (porque los perros tienen un sexto sentido que solo algunos somos capaces de ver).

Esto es lo que mi paisano me relataba sobre aquel momento: “Aunque el animal no tenía ya ni un solo diente, con las encías se agarraba con todas las fuerzas que tenía a la chaqueta y al jersey”. Pero no le sirvió de nada porque unos segundos después ya no sufría más, ni sufría ni penaba, sencillamente ya no estaba entre los presentes, en el primer impacto contra las rocas del fondo quedó inmóvil en el suelo.

Al instante descendió al lugar del impacto el otro perro, su compañero, como es natural, a olisquearlo y ver qué había sucedido y si podía hacer algo pero… nada.

Allí quedó despanzurrado el “Perrizorro”, en pocos días los buitres que se criaban en aquellos mismos riscos y resto de rapaces le harían desaparecer del campo, al momento su compañero regresó a su labor de cuidar el rebaño pero los cambios en el comportamiento en este animal se reflejaron al instante.

Según me contaba mi paisano “Desde ese momento, jamás, repito jamás, ese animal se dejó tocar, ni acercarse a ningún humano, la comida se la teníamos que dejar lejos, retirada de todos, nunca le perdía la vista a la gente, siempre en guardia, pendiente por si le sucedía lo mismo que a su compañero”,

Los perros tienen “algo”, pudiera decirse sexto o séptimo sentido, lo que sea, pero cuando pasas muchos años conviviendo con ellos te das cuenta de ello, lo ves, tú mismo (sin que nadie te lo diga) eres capaz de verlo y sentirlo, notas que tienen algo que a día de hoy se escapa de nuestro entendimiento.

Solo las personas que tuvieron perros de compañía durante años son capaces de sentirlo; ese animal ¡NUNCA! hubiera podido entender que la acción de arrojar a su compañero para evitarle el sufrimiento al final de su ciclo biológico pueda ser incluso pedido por quien padece una enfermedad o sencillamente por vejez, y entonces surge la pregunta clave ¿Quién tiene autoridad suficiente para decidir esa fecha? Durísimo es hacer de juez en esas situaciones tan difíciles, pero inexcusables.

Como decía mi padre: «Hay cosas o historias que era mejor no ver o conocer, porque para dejarte tan mal sabor de boca y no quitártelas de la cabeza en mucho tiempo»… Para mí esta es una de ellas, la historia me pareció curiosa, pues nunca antes había escuchado o conocido nada semejante, rara vez la vuelvo a leer porque trato de evitarlo, y cuando lo hago no puedo evitar que las lágrimas se me descuelguen sin control por aquel animal que ni siquiera conocí, aunque no dudo de su existencia.

Y toda esta historia salió por comentarle a mi paisano que en Alcorlo, en el paraje conocido como “Las Palomeras”, bien pasada ya la media noche, en la oscuridad nocturna típica del verano, vi cruzar por delante de mí un zorro bien alimentado…

Nota: En la fotografía, cerca del horizonte vemos a Marte, Julio de 2018. Canon 50D.

Historias de Alcorlo. Gracias por llegar hasta aquí. Si te gustó este relato no dudes en compartirlo. Agustín y sus cosas. alcorlopantano.com